La mirada de los viajeros

OPINIÓN

ES EL URBANISMO del mundo pobre. El río grande construye la ciudad, pero sus afluentes son colectores a cielo abierto. Las amplias calzadas, como vomitorios llenos de coches, taponan o ensombrecen las múltiples ciudades de callejones tortuosos inscritas en sus márgenes. En la ciudad musulmana o cristiana, incluso en la ciudad de los muertos, se vive la vida auténtica, la de la mayoría de los habitantes de este planeta, la de los más pobres. Los ricos se quedaron encapsulados en la isla del río o se fueron al extrarradio. En el mundo desarrollado las infraestructuras organizan el espacio o lo seccionan en trozos intencionadamente segregados. Aquí la calzada es una continuación de la acera, sin semáforos ni pasos cebra. Es el lugar donde se encuentran los conductores, esquivándose unos a otros con breves toques de claxon, sin apenas dejar paso a los viandantes que contonean sus cuerpos haciendo quiebros o regates a los coches decrépitos que lanzan bocanadas de humo negro por sus tubos de escape. La bruma de la contaminación invade la atmósfera y crea una amalgama sin perfiles donde los edificios, muchos de ellos inacabados, con los pilares y los hierros rasgando el cielo opaco, casi no son arquitectura. Son al mismo tiempo el arte povera, minimalista, de paramentos normalmente monocromos en los que se abre alguna ventana o balcón, y el barroquismo de los paneles publicitarios y la exhibición de las conducciones y cableados por fuera. Eso sí, todos coronados por las antenas parabólicas que, como unos nuevos mihrabs, se orientan hacia la señal del satélite. El Cairo islámico es una de las mayores concentraciones de monumentos del mundo, pero pasan fácilmente inadvertidos entre el dédalo de callejuelas. En las mezquitas reciben con amabilidad a los visitantes. Son lugares de oración y de enseñanza, de encuentro, de charla, de siesta, y encierran decoraciones de una variedad y belleza sorprendentes, que nos resultan familiares porque están por todo al-Andalus. Los egipcios ya no recuerdan cuándo perdieron su lengua. Este pueblo es producto de un mestizaje milenario con griegos, romanos, árabes, otomanos, incluso con británicos y franceses. Unos plantaron el talón sobre la colosal cultura faraónica; otros machacaron sin piedad las partes desnudas de las figuras de los relieves; otros, en fin, se llevaron lo mejor para casa. Existe una sensualidad de la pobreza. La vista se llena de color en el claroscuro de los zocos y bazares; el oído se esfuerza por distinguir en el rumor sordo del tráfico la voz del que vende, del que compra, del que canta; el olfato se inunda de especias y perfumes, de efluvios animales y vegetales; el gusto se divide entre lo dulce y lo picante; el tacto se prodiga en abrazos y besos y tomándose de la mano. Las casas se limpian por dentro, pero la calle está punteada por escombros y desperdicios. En medio de este mosaico fragmentario, imagino que son capaces de percibir la ciudad total cuando viajan en los pequeños autobuses por las avenidas, en el trajín diario de ir y venir a la gran capital, con una mirada que sueña el presente y, quizá, un futuro.