El voto del miedo

ENRIQUE SÁEZ PONTE

OPINIÓN

ESTAMOS a pocas horas del referendo francés y si Francia, uno de los grandes países fundadores, rechaza la Constitución europea, la delicada dinámica del largo proceso de construcción de la UE puede verse, como mínimo, retardada. El voto negativo de muchos franceses obedece a causas diversas, algunas coyunturales. Entre ellas la crisis de liderazgo de la coalición gobernante, la situación de los socialistas, divididos por la ambición personal de Laurent Fabius, y la evolución de la economía francesa, aquejada de un débil crecimiento y un alto nivel de desempleo. En primera línea de rechazo está la ultraderecha, que ya tuvo un primer momento de gloria cuando el líder del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, superó al candidato socialista, el ex primer ministro Lionel Jospin, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de abril del 2002. Aquello mostró con claridad que en muchas zonas de Francia, pero especialmente en las ciudades con fuerte inmigración magrebí, el rechazo a las diferencias culturales estaba muy extendido. Apareció entonces el voto a este partido de grupos de trabajadores, presionados por inmigrantes más dinámicos y muchas veces ilegales. Para muchos franceses, la posible entrada en la UE de nuevos países, y especialmente de Turquía, es una puerta abierta a la pérdida de esencias nacionales y a más inmigración. Pescando votos en caladeros próximos, está el temor a perder la capacidad de presión sobre el Estado, que afecta a la izquierda tradicional. En Francia, el Estado es el blanco contra el que se dirigen todo tipo de reclamaciones, acompañadas casi siempre de manifestaciones y huelgas. El miedo al desgaste del Estado y su paulatina sustitución por aparatos políticos más alejados y difíciles de alcanzar moviliza a los que aún persiguen el viejo objetivo revolucionario de la toma del poder. Esa izquierda melancólica teme la apertura económica que se va expandiendo poco a poco y que, si bien pone en peligro algunos privilegios, ofrece oportunidades de mejora a los países pobres. Tiene miedo al decline de una agricultura cara y excesivamente protegida, que frena el desarrollo de esta actividad en el tercer mundo; también a la pérdida de capacidad de hacer experimentos como la semana de 35 horas, creada de modo voluntarista para reducir el desempleo y que consiguió exactamente lo contrario: incrementar el paro al debilitar la productividad; y, además, teme las deslocalizaciones a países con menores costes. Algunas cosas que se escuchan estos días en Francia suenan a lo que en 1915 escribió el economista alemán Werner Sombart -entonces marxista y más tarde fascista- defendiendo el derecho a la guerra para «evitar ser prisioneros de las fuerzas del diablo, del estrecho y abyecto espíritu del comercio». Eran tiempos en que se empezaban a vivir las graves consecuencias de décadas de ascenso de los nacionalismos, con reforzamiento del Estado y del proteccionismo y la posterior proliferación de dictaduras de derecha e izquierda. La historia no se repite, pero tampoco va siempre hacia delante. Es una pena que temores antiguos debiliten la visión política de Francia, un país que tanto ha ayudado a convertir Europa en la gran referencia de cómo trabajar juntos en un mundo muy abierto.