Y JUEGA fuerte. Una de las estampas más vergonzosas y en las que me he sentido personalmente más humillado desde que se inició la transición ha sido la de Carod Rovira haciendo su gracieta con la corona de espinas cristiana con el irrepetible presidente de la Generalitat entrando en la broma haciéndole la foto. Resulta curioso que el dirigente de un partido político que se esfuerza en sus desplazamientos oficiales exteriores por que figure la bandera catalana y no la española sea el mismo que tiene cogido por los cataplines a nuestro Gobierno. Pero estamos ya perniciosamente habituados a ello y es producto del juego democrático, algún inconveniente tenía que tener, y de nuestro sistema electoral. El señor Carod argumentó que hería «su sensibilidad» que no estuviera su bandera (incluso logró, con un desliz inaudito de un funcionario, que se escondiera la española en el siguiente acto). «Su sensibilidad». ¿Qué pensará el señor Rovira, ahora que sus correligionarios dicen que lo queremos linchar por una broma, de nuestra sensibilidad de creyentes, o simplemente de respetuosos con las creencias religiosas, cuando vemos que hace, en broma, claro, mofa de la corona de espinas de Jesucristo y remeda, con la inapreciable ayuda de todo un presidente de la Generalitat, la escena de la pasión tan crucial e importante para un cristiano? ¿Qué habría ocurrido si un dirigente de algún partido político de la derecha española se hiciese fotos ridiculizando algún símbolo santo islámico? Tenemos un ejemplo reciente, salvando las fronteras, con el supuesto incidente del Corán en la base de Guantánamo. Dado que soldados americanos han cometido en uno u otro momento en sus interrogatorios a presos islámicos actos humillantes para éstos, la revista Newsweek publicaba en días pasados la noticia de que para sojuzgar a un detenido un soldado de Guantánamo había tirado un ejemplar del Corán al retrete. La noticia, que no estaba contrastada, se corrió por el mundo islámico como la pólvora provocando violentas manifestaciones contra Estados Unidos que produjeron 16 muertos. La Administración americana se vio obligada a abrir una investigación. No encontró fundamento para ese específico incidente y se indignó con la revista que, finalmente, se vio obligada a retractarse. Su fuente anónima no estaba segura de que fuera cierto lo que les había contado. Los muertos, sin embargo, siguieron muertos y el prestigio de Estados Unidos encajó un nuevo mazazo. En definitiva, la noticia de la vejación de un símbolo religioso había creado un escándalo. Aquí, afortunadamente, somos más civilizados y el penoso cachondeíto de Carod y Maragall se queda en media docena de varapalos que ellos achacarán -la mejor defensa es un buen ataque- a maniobras interesadas de la derecha desabrida. ¿De verdad? ¿Tiene uno que permanecer callado, sea de la derecha, de la izquierda o miembro de un club de fútbol, si dos importantes dirigentes de nuestro país, de la culta, desarrollada y envidiable Cataluña, no un soldado raso probablemente con escasos estudios de secundaria como en el supuesto Guantánamo, repito, dos dirigentes de la posición del presidente de la Generalitat y de la de un partido político se les ocurre, en la cuna del cristianismo, hacer chufla con el símbolo de la inmolación del Dios de la religión católica a la que muchos pertenecemos y respetamos? ¿No es normal que me repatee la broma sea yo de Betanzos, de Almería, de Cochabamba o de Toronto? Cualquier patán de mi pueblo en la menos desarrollada Andalucía habría demostrado más sensibilidad y cultura que Carod y el president . Una última pregunta. ¿Sería imaginable que la insensata irreverencia, frivolidad o simplemente memez supina del dúo bromista Carod-Maragall hubiera sido realizada en la laica Francia por Mitterand y Jospin, o en Estados Unidos por Clinton, en Portugal por Soares, por Mandela en Sudáfrica, por Putin en Rusia? Ciertamente, no. España, en este caso Cataluña, es diferente.