Apuntes electorales

X. ÁLVAREZ CORBACHO

OPINIÓN

LA PRECARIEDAD en el trabajo es un mal que padecen hoy las personas jóvenes de Galicia. Los otros males hacen referencia a sus retribuciones y a tener siempre la maleta a punto. Es curioso, pero esta situación especial se provoca y fomenta a veces por gobiernos que sí son trabajadores precarios por naturaleza y condición. Por eso decimos que si los jóvenes gallegos adquieren conciencia y ejercen su poder democrático, pueden poner a cada uno en su sitio y decidir con su voto quienes son aquí los verdaderos precarios. El que los políticos olviden con facilidad excesiva su condición de trabajadores a tiempo parcial se debe en gran medida a su permanencia en el cargo. Naturalmente, esa reiteración puede estar motivada y fundamentada en el buen hacer, pero reconocerán también que la experiencia advierte y demuestra cuántas obsesiones y vicios peligrosos se adquieren en tales circunstancias. Y si ambas cosas se ponen en la balanza del sentido común, vence con claridad incuestionable la limitación de mandatos. ¿Cómo financiarán los políticos todo lo que prometen?, ¿hablarán de impuestos alguna vez, al margen de bonificaciones y deducciones fiscales, o seguirán con la monserga de que son otros los culpables de todas nuestras desgracias? Prometer la luna y exigir después más inversiones, más subvenciones, más deuda histórica, más fondos europeos y más de todo, es una irresponsabilidad. Además, ¿por qué se silencia la economía sumergida en Galicia, que ronda el 25% del PIB? ¿Cuándo se controlarán otras rentas para que paguen impuestos como los salarios? ¿Cuándo nos dará asco el paraíso fiscal? Instalarse en la subvención y en la irresponsabilidad tributaria genera siempre efectos y consecuencias lamentables. Primero, porque se confunde gobernar con repartir; segundo, porque se pierde la dignidad siendo ricos y pobres a la vez; tercero, porque se desincentiva el esfuerzo y la eficiencia; cuarto, porque interiorizar la genuflexión nunca engrandece a los pueblos; quinto, porque la distribución caprichosa de los recursos públicos exige opacidad eterna; sexto, porque el conflicto está garantizado cuando los que pagan griten, con razón, hasta aquí hemos llegado. Las elecciones democráticas nunca pueden ser la fiesta del borrego, sino expresión genuina de inteligencia, respeto y civilización. Lo deberían recordar todas las opciones implicadas cuando ofenden y no estimulan, cuando gritan y no debaten, cuando presionan y no respetan. Utilizar el presupuesto público para la reproducción política es romper las reglas del juego, pero decir que así mejora el pluralismo y la libertad, es irreverencia infinita. Utilicemos las elecciones para premiar, sancionar, corregir y dar alas a la esperanza.