LA ENCUESTA de Sondaxe, publicada el sábado, nos presenta un partido muy abierto. Su conclusión final es que, si las elecciones se celebrasen hoy, Manuel Fraga se iría de Raxoi. Pero los datos publicados también nos recuerdan que el PP roza la mayoría absoluta, y que un 36% de los gallegos todavía no han decidido su voto. Y eso es tanto como decir que, aunque el PP va perdiendo, todavía no perdió. Pero la encuesta no nos habla sólo de votos y escaños, sino también de las causas y lugares que determinan el cambio. Y por eso se entiende que los dirigentes del PP, que ya estaban avisados de la ajustada ventaja que les saca la izquierda, hayan quedado aterrados al leer la letra pequeña. Porque todo apunta a que el panorama político del Finisterre está cambiando con razonable velocidad, y que el modelo electoral que benefició a la derecha durante un cuarto de siglo está tocando a su fin. Lo primero que deja claro la encuesta es que reaparecen y se intensifican las diferencias electorales entre el interior y la costa, y que, mientras la Galicia menos desarrollada sigue apoyando a la derecha con un 52,3% de los sufragios, la Galicia atlántica rebajará el voto conservador hasta el 41,9%. Al PP, que sigue siendo el partido más fuerte de este país, le sabe a cuerno quemado que el 55% de los votantes de la Galicia más desarrollada, más joven y más urbana se inclinen por la oposición. Y aun le parece peor que sea ese mismo electorado el que mantiene las posiciones del nacionalismo, salva el liderazgo de Quintana y rompe con la expectativa de instalar en Galicia un bipartidismo imperfecto, más próximo al juego político de Extremadura o Castilla y León que a la agenda de Euskadi o Cataluña. Si las predicciones de Sondaxe se confirman, y si el BNG aguanta el reto de sus crisis sucesivas, tampoco cabrá la interpretación de que fue el PSOE quien ganó las elecciones. Porque, aunque nadie va a discutirle a Touriño su directa responsabilidad en la dirección del nuevo Gobierno, también es obvio que los programas del cambio van a incluir elementos sustanciales de la agenda nacionalista. Además de disfrutar de una gran oportunidad para consolidar un Gobierno alternativo, Touriño también está disfrutando de la mejor relación de fuerzas que puede darse, por mucho tiempo, entre el BNG y el PSOE. Y por eso cabe pensar que, si la coalición mayoritaria ha de basarse en dos grupos de 24 y 15 diputados, el peso del nacionalismo en Galicia empezará a ser muy importante. La lectura optimista que se hace en el PP es que Fraga puede ganar. Pero los viejos mariñeiros de la política ya empezamos a leer algo distinto en el vuelo quebrado de las gaviotas.