LOS PRINCIPALES soportes del presidente fueron a Israel para rendir homenaje a las víctimas del holocausto judío y convirtieron un honroso gesto de solidaridad internacional en un desplante a los propios ciudadanos españoles. El menosprecio a la bandera constitucional de España sobraba en acto de condolencia histórica. Precisamente la actual bandera española ha sido el producto de una política de reconciliación nacional, de la voluntad de superar entre nosotros las luchas fratricidas y los sectarismos ideológicos. España no fue un producto del franquismo, ni una delimitación convencional de fronteras por grandes potencias ajenas. Es el resultado de una condición geográfica natural fundida por la visión de una afortunada ilustración medieval y renacentista. Que han amado, odiado y sufrido gentes de todas las condiciones y procedencias. No fue nada sencillo lograr la aceptación general de la bandera bicolor; muchos demócratas habían luchado por la libertad ondeando la enseña republicana. Maragall y Carod Rovira han escenificado en Israel el independentismo insultante. Incluso se han mofado de las señas de identidad del cristianismo. El paripé de los coaligados en la comunidad autónoma catalana ha desbordado el ridículo de una foto prepotente para convertirse en esperpento y símbolo de lo que está pasando en España. Al embajador de Zapatero en Tel Aviv no le pareció mal el comportamiento de estos personajes. Hay que tragar, porque donde hay patrón no manda marinero. Nuestro presidente de una España menguante suspende la exigencia de talante cuando se trata de sus coaligados y compañeros de viaje en la liquidación de la unidad de una España constitucionalista. Aplica la misma receta a los nacionalistas vascos, sean radicales y moderados. Incluso se gana la confianza de los cada vez más nacionalistas que regionalistas canarios. Esta formando una coalición centrífuga donde la identidad diferencial borrará el núcleo básico de la identidad común. Apena el papel de Izquierda Unida, con un líder que apenas rebasa el apoyo de la mitad de su propio partido, que siempre defendió el supranacionalismo en la condición del hombre y que dio grandes voces políticas y poéticas para la configuración de España. Ahora va de comparsa en Cataluña, se ha quedado en mero epifenómeno del nacionalismo sin entrañas en el País Vasco y ha desaparecido de nuestra escena gallega. Zapatero los ha complacido a todos al señalar un enemigo común. La ambición de quedarse con el botín electoral del PP, al que creen desnortado tras los atentados del 11-M, les ha hecho perder el sentido histórico e incluso el estético. Pero la presa no es fácil; los que votaron una idea de España unitaria en medio de la conmoción del 14 de marzo, no cambiarán de parecer después de lo que están viendo. Pactando con lobos, Zapatero sólo logrará el desguace maquillado de España. Mejor que reconduzca su política sin poner en almoneda nuestra herencia histórica.