Día de las Letras Gallegas

| LOURENZO FERNÁNDEZ PRIETO |

OPINIÓN

16 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HOY ES el día del gallego. Algunos, muchos, no podemos conformarnos con un día al año. Somos los que aspiramos a poder dedicarle un día al castellano. Ese idioma universal para el diez por ciento de la población mundial en el que reconocemos algunos de los mejores sonetos y las mejores novelas de la Historia. Tan útil como el gallego-portugués e igual de satelizado por el inglés. En 1963 la Real Academia Galega y otros resistentes culturales se empeñaron en dedicar al menos un día a la lengua que algunos siguen denominando vernácula o, los menos, un dialecto de labradores que sólo ha de usarse cuando se confraternice con aldeanos. Fraga ya era ministro entonces pero que sepamos no ha reivindicado todavía ser el padre de la idea. Cuarenta y dos años más tarde el gallego se ha convertido en un idioma que es necesario hablar (salvo Raxoi) para hacer política en el país de los gallegos y las gallegas. Puede hablarse con acento de Chamberí o de México e incluso torturarse hasta convertirlo en un patois (como el catalán de Barcelona) porque ha alcanzado un cierto estatus como instrumento de representación. Por fin ha dejado de ser un acento para convertirse en una expresión de cierto poder o, como mínimo, en un requisito. La salud del idioma gallego ha cambiado mucho desde 1963, a pesar de los pesimistas informes periódicos. Puede que haya perdido calidad pero ha ganado crédito y, sobre todo, ámbitos de uso e, incluso, número de hablantes posibles. No fue un camino de rosas. Algunos neohablantes empezamos a utilizarlo como estudiantes en las aulas después de 1975, alentados o comprendidos por nuestros profesores. Los más benévolos de nuestros enemigos nos decían que era una moda como la minifalda o el pelo largo. En la selectividad teníamos que volver al obligatorio español. Y cómo no recordar los expedientes a profesoras y maestros (Dices, O Foxo...) que se atrevían a utilizar sin complejos la lengua de uso común para niños y padres fuera del aula. El Día das Letras Galegas era entonces de reivindicación, de toma de conciencia. Como cuando en nuestro colegio de Xubia exaltamos los méritos del canónigo López Ferreiro como si de un auténtico revolucionario se tratase. Hoy es un día de fiesta y la potente maquinaria escolar funciona a su favor. Mi hija mayor conoce a Lourenzo Varela y, de paso, aprenden las capitales de los países en los que estuvo exiliado en un magistral aprovechamiento transversal. Sin poder político ningún idioma pudo resistir en los últimos dos siglos la creación de Estados que adoptaron un único idioma nacional como lengua de cultura y administración. Por qué pese a todo ha resistido el gallego (el vasco y el catalán) es cosa que merece comprenderse. Respaldados por un poder político propio, el hebreo o el euskera han podido recuperar hablantes y convertirse en vehículos de cultura nacional. Hoy, en Galicia, la conciencia lingüística es mejor que nunca y las expectativas también. En 1963 los escolares podían andar por los carreros, entre los tojos y tropezando con los pelouros para ir buscar rajo a una bayuca llena de boreo. Hoy no. Más nunca Sangenjo.