LA INTERCULTURALIDAD, de la que tanto se habla en los foros y que tanta polémica suscita, no supone sólo la coexistencia pacífica de culturas diferentes, no se limita a la convivencia entre inmigrantes y autóctonos. El concepto de interculturalidad puede extenderse también a las relaciones entre generaciones, ya que es una constante histórica que la cultura de los hijos tiene poco que ver con la de sus padres. En ese sentido, si la ruptura producida con la generación del 68 fue ideológica, la de nuestros días está en las formas de vida y comunicación; si aquella fue más epistemológica, ésta es más ontológica. Podemos hablar de interculturalidad generacional, por ejemplo, si el mercado de la vivienda facilita la transversalidad de la pirámide demográfica en el mismo tipo de hábitat, y cuando se trata de impedir que ciertas áreas urbanas se especialicen en ocio ruidoso y ahuyenten a los residentes de mayor edad. La interculturalidad está también presente, cómo no, entre clases sociales, pues dentro de unas coordenadas comunes, cada vez más globales, cada grupo social tiene unos comportamientos que le son propios. Esa mezcla estimulante y fecunda que se produce a diario en la calle y en la plaza, que es justamente donde la sociedad democrática garantiza la permeabilidad, está amenazada en el "nuevo urbanismo" expansivo e ilimitado que, ante la imposibilidad de garantizar la seguridad en los lugares más alejados de esta ciudad interminable, tiende a crear cotos vigilados y cerrados con vallas o lleva a los vecinos, como en el reciente caso de Valencia, a pretender tomar la justicia por su mano. La calle deja así de cumplir su función de crisol de las relaciones sociales y se crean zonas especializadas social y económicamente, como en esas metrópolis norteamericanas que tienen corredores exclusivos para businessmen. La interculturalidad étnica parte de una actitud un tanto cínica: por nuestra demografía regresiva necesitamos la inmigración para el trabajo, pero se deja al mercado la resolución de algunos problemas subsiguientes, sobre todo el del alojamiento, una cuestión a todas luces crucial. En ese momento, la información que debe tener la administración sobre lo que acontece en el sector de la vivienda se torna fundamental para corregir la tendencia a la segregación, que es siempre fuente de conflictos y se debe a ambas partes: la sociedad receptora, que demanda servicios pero rechaza la competencia y la complejidad, y la sociedad inmigrante, que demanda trabajo pero tiende indefectiblemente a la agrupación y la autodefensa, y de esto al gueto no hay más que una delgada línea. Una vez guetizado, un barrio se vuelve impenetrable. La mejor fórmula para garantizar la convivencia entre todos los ciudadanos consta de dos pasos recíprocos: el de los jóvenes hacia los mayores y viceversa; el de los sectores acomodados hacia los excluidos y a la inversa: unos entendiendo que todos son ciudadanos y necesitan solidaridad, y otros respetando pautas de comportamiento; el de los inmigrantes hacia la sociedad de acogida, aceptando sin excepción el ejercicio de los derechos y deberes constitucionales y, por lo tanto, impidiendo que en el seno de sus grupos se formen corrientes adversas, y el nuestro para entender y admitir que en esta sociedad plural se asienten otras formas de vida y de pensamiento, en el cuadro de unos valores comunes e indeclinables. Este camino construido con el doble paso de todos nosotros es de ilimitado recorrido y de continuado esfuerzo, con los instrumentos de la cultura, la educación, los servicios sociales, y el dónde y cómo habitar.