Nación debatida

OPINIÓN

DECÍA Gary S. Becker en su despedida como columnista: «Es un error excusar políticas equivocadas por tenerle simpatía a algún partido político». Así formulada, la afirmación del que fue Premio Nobel de Economía parece aceptable por cualquier persona sensata. Pero luego la vida resulta mucho más compleja. Se vio en el reciente debate parlamentario y en las glosas periodísticas y populares que lo siguieron. Parece que vivimos la política como el fútbol. No estamos dispuestos a conceder nada al contrario, y la misma jugada es penalti o no sólo en función del color de cada cual. No hay posibilidad de razonamiento, porque toda discusión se vuelve intestina. De nada sirven los argumentos. Lo que en el fútbol es tolerable hasta cierto punto, a partir del cual degenera en violencia, en la discusión política resulta un cáncer, porque supone dejar de lado la razón. El extremismo partidario se ha vertido del Parlamento a la prensa y de la prensa a la calle. Las declaraciones de unos y de otros se han vuelto tan predecibles y encarnizadas, tan carentes de matices, como las de sus glosadores periodísticos. En semejante barullo es incómodo hablar. Y si no empuñas su camiseta, ni te verán. psanchez@udc.es