El final del pacto, y después

OPINIÓN

QUE EL PRESIDENTE Zapatero había decidido cambiar radicalmente la política antiterrorista del Gobierno resultaba desde hace semanas un clamor. Que tal cambio le exigiría, antes o después, deshacerse del corsé que para hacer efectivos sus propósitos suponía la pervivencia del pacto contra ETA era, también, una certeza. Como lo era, en fin, que el PSOE no estaba dispuesto a dar tal pacto por finiquitado sin tener antes una coartada verosímil con que responsabilizar a Rajoy de la ruptura. Pues bien, Rajoy puso el miércoles tal coartada en bandeja a Zapatero. En una intervención apocalíptica, el líder del PP criticó de una forma tan cruel los propósitos del Gobierno respecto a eso que ha dado en llamarse la pacificación del País Vasco que Zapatero se encontró legitimado para pronunciar la frase terrible con que extendía el acta de defunción del pacto antiterrorista: para desgracia de ambos partido -dijo con tono grave- «sólo compartimos el mucho dolor que hemos sufrido unos y otros a consecuencia del terrorismo. Es evidente que ya no compartimos nada más». Aunque tal evidencia parece a día de hoy indiscutible, sí cabe, sin embargo, debatir la afirmación implícita que en ella se contiene: la de que la ruptura del pacto antiterrorista resulta el efecto inevitable de las palabras de Rajoy. No es así. La ruptura es, en realidad, la directa consecuencia de una previa decisión, de la que sólo Zapatero es responsable: la de abandonar la política de lucha contra ETA que se derivaba de aquel pacto. Y es que el presidente anunció por fin en el Congreso lo que muchos suponíamos que venía madurando: que va a abrir una nueva fase en la política antiterrorista, que ya no se basará, como la acordada entre el PSOE y el PP, en derrotar a ETA y en acosar hasta la extenuación, con ese fin, a Batasuna. Por el contrario, en la nueva fase que comenzará con la propuesta de moción que se votará el próximo martes lo que toca será intentar pacificar el País Vasco -que es lo que vienen sosteniendo los abertzales desde siempre- para lo que habrá que dialogar con todos y, entre todos, con ETA militar. Es, claro, un giro de 180 grados. Un giro arriesgadísimo ante el que, de momento, y por prudencia, sólo cabe hacer dos comentarios: el primero, que Zapatero debería explicarnos de una vez qué puede concederle él a ETA que no pudieron ofrecerle quienes le precedieron en el cargo; el segundo, que hay que suponer que el presidente es plenamente consciente de lo descompensado de su pulso partidista: pues, si acierta -es verdad- lo pagará, y a precio de oro, el Partido Popular; pero si se equivoca el estropicio, descomunal, lo pagará todo el país.