14 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.
Ciegos tienen que estar quienes dejan así un paraje natural después de una noche de botellón. Ciegos y no sólo de cerveza en envase familiar. Su ceguera va más allá de la juerga de una noche. La heredan de quienes no les han enseñado a respetar el entorno privilegiado en el que viven. Lo peor es que, si ahora no son capaces de apreciar la agresión que cometen con el abandono de los restos de su noche de diversión en ese lugar, en el futuro considerarán normal seguir llenando el paisaje gallego de feísmo al por mayor. Porque no lo verán. Seguirán estando ciegos. Sólo tienen una atenuante: de noche no se ve el paisaje. Pero se pisa. Se huele. Y, sobre todo, se siente.