EL JUEVES, Rodríguez Zapatero dejó una mano tendida sobre el Congreso, esperando otra mano que la acoja. Ayer respondió Mariano Rajoy y sucedió lo normal: creo que tiene ganas de acercarse a esa mano del presidente, pero no puede hacerlo sin alguna condición. No puede pasar del ácido discurso del miércoles al reencuentro repentino. Necesita alguna baza que presentar a sus fieles. Y ayer las concretó, en un mensaje que parecía desbordar tristeza y decepción. Para volver a hacer piña con el gobierno y su presidente, solicita dos mociones del Congreso. Una, de reafirmación del Pacto Antiterrorista y de su espíritu. Otra, para ilegalizar al Partido Comunista de las Tierras Vascas. Ante esas demandas, sin duda razonables, deseo trasladar algunas reflexiones al líder popular, desde el afecto y el respeto que su figura merece. La primera, sobre el Pacto. No necesita ser reafirmado en la solemnidad del Parlamento. No tuvo ese marco para su firma, ni en sus momentos de mejor salud, salvo como escenario de reunión. El pacto, sencillamente, se cumple. Y se cumple en reunión de buena fe. No se pudo ni se debió hacer en la campaña electoral vasca. Pero después hubo una invitación de Zapatero («cuando ustedes quieran»), y esa oferta está esperando respuesta. Acepte el PP esa reunión. Pedir la solemnidad parlamentaria es buscar otro objetivo: escenificar una victoria del PP y una distancia del PSOE con sus aliados. Y eso crea toda desconfianza. Sobre el PCTV, estamos en lo mismo. Llévese al seno del Pacto. Expónganse en ese escenario las pruebas que haya contra ese partido. Pero no hagan sobre tan delicada materia un espectáculo de confrontación. Y serenen el debate. El gobierno puede ser torpe y miope, pero es injusto presentarlo como aliado de terroristas o como responsable de que ETA vuelva a la legalidad. El señor Rajoy sabe que eso no es así, aunque suene muy bien en la lucha partidista. Y, finalmente, sería saludable que el señor Rajoy y su equipo tuvieran la modestia de mirar atrás. Hace tres meses, este país se enfrentaba a un desafío al Estado, y así lo llamamos todos: el Plan Ibarretxe. Hoy, ese desafío no está plenamente conjurado, pero ha disminuido. Es casi un problema menor. ¿Se hubiera conseguido el mismo objetivo si se hubiera seguido la vía del PP, llevando el Plan al Constitucional? ¿Tendríamos el mismo resultado, si se hubiera seguido también la vía del PP y se hubiera rechazado el Plan, sin debatirlo en el Congreso? Estas preguntas encierran mis dudas; pero los resultados han sido los que hemos visto. En estos momentos de zozobra, se los traslado al señor Rajoy. Este Gobierno quizá sea perverso, pero no todo lo que hace es necesariamente un error.