LAS ELECCIONES del 19 de junio, sus candidatos y campañas tienen, quizá por influencia del Plan Galicia, algo de metafísica, que es eso que los griegos colocaban más allá de la física, y los romanos más acá de la magia. Como el resultado de las elecciones está por ver, y lo que se dice en las campañas, por averiguar, la herramienta más a mano para sacar algo en limpio viene a ser la de las potencias del alma puestas en los candidatos. De modo que ahí tenemos a Fraga, cuyo gancho y raíz encuentran su fundamento en el hecho de que una mayoría dilatada de gallegos lo sienten como algo propio, una sensación tan subjetiva como todas, y previa a todo juicio político que sobre don Manuel se elabore. Fraga es un bien repartido y mostrenco con una serie de defectos y virtudes, aciertos y meteduras de pata, en la que el gallego se contempla como en un espejo ante el que no le es ingrato decidir si se pone la raya a la izquierda, a la derecha o se peina con la raya en medio. Fraga discurre por encima de lo que sería un valor ideológico y por debajo de lo que vendría a ser un tótem antropológico, y forma parte de un subconsciente que recela por igual del bien supremo y del mal absoluto. Son rasgos que, vinculados por necesidad con un ego de elefante, le convierte en un contraste psicológico casi siempre efervescente y que lo mismo puede servir para la tranquilidad de la casa que para la catálisis de las cosas y su precipitación en un sentido opuesto al que se tiene por habitual. Como esto que digo de Fraga puede parecer escaso a unos, excesivo a otros, y ambiguo a los demás, añadiré que se trata de un animal político de esos que se constituyen en su única referencia. Si se está de acuerdo con esto, no se discutirá que, desde un punto de vista técnico, Fraga es un servomecanismo, una máquina de retroalimentación. Touriño y Quintana querrían participar de lo bueno de ese retrato, y distanciarse de lo que ellos entiendan que tiene de malo. Pero ellos son otra cosa, otra máquina y modelo. Así, Touriño, hombre de ademanes cuidadosamente cardenalicios, busca la mejor oferta de una imagen no de sí mismo sino de su recomposición. Quintana, por su parte, se esfuerza en dar con un reflejo que le ayude a salir de la descomposición. Mientras Fraga es un alarde de aposentamiento, Touriño y Quintana son alardes del desaposentamiento, aspecto que no les viene nada mal pues les dota de un cierto aire dinámico. Touriño tantea el modo en que mejor le afecte el llamado efecto ZP, pero acaba de despedir a Juan Campany, director publicitario de la campaña de ZP e inventor del efecto que le puso en Moncloa. Quintana cuenta con un problema parecido, pero al revés. No puede parecerse a Beiras, cuyo efecto le vendría muy bien, y tiene que ofrecer la apariencia de un BNG que sin Beiras en pantalla no es más que UPG adueñada del reparto, esto es, en la plenitud de una vocación de PC mondo y lirondo. Touriño y Quintana tienen que vérselas con un tabú, con personas y peripecias que preferirían no mencionar. Fraga, por el contrario, goza de las ventajas del emblema, aunque sea de sí mismo. Son cosas de la metafísica.