ES ya un clásico que los políticos visiten fábricas, obras, hospitales, escuelas y hasta granjas de avestruces. El ritual se repite y va así: el hombre público se atavía con el uniforme de labor (dando lugar a fotos gloriosas) y se pega un paseíllo por el recinto, a la vera de un solícito anfitrión. El político contempla los utensilios más anodinos con rostro de interés infinito y lanza una batería de preguntas agudas, que dan fe de su inesperada pasión por el proceso productivo. Ayer, a Touriño, sumido ya en el frenético fragor precampañeril , le tocó gira por una fábrica de Donuts de Santiago. Vestido cual científico de Chernobil, admiró la generación en serie de los círculos del azucarado manjar. Touriño, claro, hizo preguntas. Tal vez esté planteando la primera que se nos ocurre a todos: ¿cómo se hace el agujero del centro? Ya saben: dicen que ahí, en el centro, es donde se rebañan los votos.