La ciénaga iraquí

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

«LA GUERRA de Irak no tuvo lugar», podría decirse, parodiando a Jean Anouilh, a la vista de la ausencia de reflexiones sobre este encarnizado y duradero conflicto, que cada día se cobra su alto tributo en vidas humanas. Es como si ya casi nada se pudiera añadir a lo dicho y escrito. Sin embargo, la sangría continúa y unas brutales oleadas de coches bomba sacuden con harta frecuencia el país. Un nuevo gabinete acaba de constituirse a partir de los resultados electorales con el objetivo de trazar el camino de la paz, pero la insurgencia terrorista (sobre todo la encabezada por Abu Musab al Zarqaui) ha intensificado sus ataques. Las noticias que nos llegan son las de estos sucesos. Los análisis, en cambio, declinan por falta de novedades en los planteamientos. Ni siquiera Bush da la tabarra últimamente con sus interpretaciones. Y, mientras tanto, cada uno va enterrando como Dios manda a sus muertos (también los americanos, claro). Hace treinta años que terminó la guerra de Vietnam con una derrota y casi sesenta mil muertos estadounidenses (y más de dos millones de vietnamitas, por cierto). Nadie ha querido establecer estos días una relación directa entre ambos episodios, quizá porque no la hay, pero más probablemente porque no se quiere que la haya. El conflicto de Irak sigue su curso sin que nadie esté seguro de cuándo va a terminar, pero todos aseguran (Gobierno iraquí, Casa Blanca, etcétera) que terminará con la normalización democrática (más o menos) y la erradicación progresiva del terrorismo. Y, en tanto esto no sucede, ¿para qué perder el tiempo en sutiles, pero vanas, evaluaciones? «No se construye una democracia de la noche a la mañana», decía no hace mucho un ilustre neoconservador de la Administración Bush. Es una respuesta cínica, pero cierta. Ni se construye de la noche a la mañana ni la están construyendo. Pero es cierto que desean avanzar en una línea que permita vislumbrar el retorno a casa de una buena parte de sus tropas, sin que a eso se le pueda llamar abandono, defección o derrota. Porque no se considera otra opción que no sea la victoria total. Pero es prematuro ponerle fecha: el tiempo será el que se necesite para obtenerla y consolidarla. Ni un día menos.