LA ANÉCDOTA, real como la vida misma, nos servirá para extraer una sencilla moraleja. Un buen amigo, diputado en Cortes, me la contó un día hace ya años, más estupefacto que indignado: su grupo parlamentario debía elegir una delegación para realizar una visita oficial a Norteamérica, pesada obligación para la que habían surgido, claro, numerosos voluntarios. Finalmente, los afortunados con el tour fueron seleccionados teniendo en cuenta diversos equilibrios (paridad de sexos, reparto de facciones dentro del partido y distribución territorial), sin que nadie, salvo mi amigo, se fijara en un detalle al parecer irrelevante: que los afortunados hablasen en inglés. Es lo que hay. Después de numerosas elecciones generales, regionales y locales hemos logrado, al fin, un brillante resultado: que la inmensa mayoría de nuestros representantes democráticos sean conocidos sólo en su casa a la hora de comer. Es tal el empeño que hemos puesto en conseguir tan altísimo objetivo, que, como puede observarse en estos días en Galicia, la selección de las listas partidistas no le interés a nadie que no esté implicado directamente en la mêlée. Ha sido así posible, por ejemplo, que el BNG haya renovado casi por completo su grupo en la Cámara gallega (han salido de las listas 15 de sus 17 diputados) sin que ni un alma caritativa fuera de la coalición nacionalista haya prestado atención a la noticia. Y es que, simplemente, casi nadie conocía a los que salen... como casi nadie conoce a los que quizá logren entrar en su lugar. Hasta tal punto ha llegado este desinterés social por las personas concretas que desarrollan la función representativa, que es ya práctica habitual que no se aporte de ellas ninguna información relativa a su oficio o profesión antes de entrar en la política. Lo que no deja de tener algún efecto llamativo: sobre todo, que el peso de las opiniones de nuestros padres y madres de la patria (grande o chica) dependa de su poder y no de su autoridad. Vemos así que quienes no saben ni una palabra de derecho pontifican como si fueran jurisconsultos prestigiosos y que quienes nada conocen de economía se empeñan en darnos constantes lecciones sobre precios y mercados. Es, probablemente, el signo de los tiempos. ¿Defiendo, frente a ellos, una democracia que sea en realidad una aristocracia del saber? En absoluto: me limito, con melancolía, a constatar que la política es la única profesión -pues en eso se ha convertido hoy para la inmensa mayoría de quienes la practican- a la que puede accederse sin cumplir otro requisito que el de ir convenientemente emboscado, detrás de un líder, en una lista de partido.