SIGUE presentándose incierto el resultado del referéndum francés del próximo día 29 sobre el proyecto de Tratado Constitucional europeo. Lo cual constituye una gran paradoja, porque Francia ha sido quien tiró de la carreta de la Constitución, quien la afrancesó tanto como consideró necesario para que sea del agrado de sus ciudadanos, y quien arrastró a los demás países miembros a secundarla. Pero el presidente Jacques Chirac cometió un error de partida: hablar de la futura grandeza de la Unión Europea, en vez de hablar de la futura grandeza de Francia. Algo imperdonable. Porque a estas alturas hasta el gran europeísta Jacques Delors sabe que el europeísmo francés es instrumental, de conveniencia y, en este sentido, tan sincero como el de cualquier otro país, incluidos el británico. Por ello, porque Chirac no ha explicado con claridad las ventajas para su jacobina nación, el rechazo desde la izquierda se ha duplicado para convertirse, a la vez, en un castigo a un presidente de derechas y en un castigo a una UE que no preserva suficientemente la grandeur francesa. Triste papel de una izquierda que, llevada en su día por semejantes simplicaciones irresponsables, acabó por oponer en unas elecciones presidenciales a Chirac con el ultraderechista Le Pen (para gran satisfacción del actual presidente, que se vio socorrido en la segunda vuelta por ese mismo voto antes adverso). Una situación que no debiera repetirse. Y para que no se repita han saltado a la arena los pesos pesados del socialismo francés, desde Lionel Jospin al propio Jac-ques Delors, pasando por el secretario general del PS, François Hollande. Y todos han dicho lo mismo: que no se puede jugar así con la UE ni con Francia, que no hay un Plan (y menos otra Constitución) y que o se avanza o se retrocede, así de simple. ¿Han cambiado con ello las expectativas? Todo parece indicar que el «no» se desinfla lentamente, todavía bien apuntalado por sus grandes animadores, radicales de izquierdas y de derechas, que lo mismo dicen que votar «no» es amar a Europa que afirman que el «no» es necesario para impedir la entrada de Turquía. Una demagogia trapacera que puede liar todo el futuro de la UE.