LO MALO de los debates políticos abiertos en España es que no tratan los asuntos que de verdad preocupan a los ciudadanos. Uno se acerca a televisiones y radios y puede escuchar acaloradas discusiones sobre el matrimonio entre homosexuales o sobre aspectos marginales de la cuestión territorial española. Pero apenas hay debates sobre una balanza comercial que empeora, sobre una inflación que crece o sobre un sector turístico que se redefine a la baja (vienen más turistas de fuera, pero están menos tiempo y gastan menos dinero). Ni siquiera existen disputas argumentadas sobre unas infraestructuras vitales para vertebrar y consolidar el desarrollo solidario y equilibrado del país (Plan Galicia incluido). Es preocupante lo mucho que sabemos de lo que piensan Zerolo, Ibarretxe o Maragall sobre la teima que a cada uno le sorbe el seso. En cambio, es inquietante, si miramos sólo la semana pasada, lo poco que sabemos de la nueva ley de televisión (que suprime el límite de tres cadenas privadas, adivine usted -sin esfuerzo- a favor de quién) o del nuevo carné de conducir por puntos que ha entusiasmado a los diputados hasta el extremo de rozar la unanimidad en su aprobación. ¿Debates? Están los del corazón, los del mundo rosa, los que protagonizan los hermanos Matamoros y otros «renombrados periodistas». Esos sí que tienen actualidad y audiencia. Ellos no hablan del sexo de los ángeles, ni del sexo de la financiación autonómica; hablan (o rebuznan) de sexos mucho más próximos y se supone que más activos. ¿El problema vasco? ¿Las reformas estatutarias? ¿Las elecciones gallegas?... ¿Cómo hincarle el diente a semejantes enigmas?... A falta de que alguien nos diga cosas lúcidas sobre lo que nos interesa, sigue la interminable retahíla de declaraciones de nuestros políticos. Si uno del PSOE asegura que todo va bien, otro del PP le contesta que todo va mal. Discos rayados que suponen la infravaloración consciente de una ciudadanía condenada a comulgar con ruedas de molino. El respeto consistiría en lo contrario: en argumentar y debatir sobre nuestros problemas reales con rigor. Así tendríamos ciudadanos informados... ¡y exigentes! Pero, ¿quién quiere esto?