SIN RED y, además, contra reloj. Como sucede en el circo, a Zapatero le gusta practicar el triple salto mortal,la pirueta casi imposible, la apuesta sin retorno. En esto está poniendo todos sus afanes en el País Vasco, convencido de que le toca a él mover, al menos, la penúltima ficha de un proceso de pacificación que ya no admite más demoras. Comenzó Zapatero por el objetivo básico, la estrategia madre de todas las estrategias, cual fue la de doblarle el espinazo al PNV, o sea, al fenecido Plan Ibarretxe. Previamente le había concedido su momento de gloria en el Congreso de los Diputados cuando pisaba el afrentado lendakari moqueta roja de Madrid para regresar a Euskadi cubierto de heridas que lamerse o victimismo que exhibir en la anticipada campaña electoral. Como recordarán, llegó Ibarretxe, tremolaron las voces airadas del PP pero, al final, «fuese y no hubo nada», que dijo el clásico. Entendió Zapatero entonces que le era vital vencer a su incómodo enemigo en su propio terreno, huyendo como de la peste del abrazo del oso que le ofrecía, otra vez, el PP. Para ello entregó a un dúctil y acomodaticio Patxi López el correspondiente folleto de instrucciones y se arremangó para llevar personalmente la campaña del PSE. Al tiempo, en Madrid, y desde el Gobierno, Zapatero optó por mirar al último disfraz de Batasuna como si fuera de cristal, o sea transparente, o sea invisible, o sea sólo existente a efectos contables de los preciados votos que le podía levantar al PNV, o sea al tripartito, o sea al Plan Ibarretxe. La noche electoral, los aplausos del respetable premiaron el primer salto sin red de un presidente del Gobierno que, sin tomarse un respiro, como los buenos trapecistas, se aprestó a escuchar el segundo redoble de tambor que le empujaba de nuevo hacia el vacío, hacia su segunda apuesta: apretar los puños, templar los nervios y esperar, desesperadamente, la respuesta que ha de venir desde la otra orilla. Volando hacia el otro lado del trapecio confía Zapatero en que ETA haya echado definitivamente el cierre de su siniestro negocio, que prefiera, esta vez sí, las moquetas del Parlamento Vasco a las pistolas. Para ello deberá regresar de nuevo al otro lado del trapecio sin darse tiempo a respirar para que las evidentes conexiones entre Batasuna y su último disfraz no hagan saltar por los aires su estrategia en la que pretende que el PNV opte también por la pacificación por encima de cualquier cosa. Pienso que esto último, aunque difícil, no es del todo imposible. Lo que me temo que Zapatero no puede esperar es que Rajoy, o sea Aznar, le tienda la mano para salvar los milímetros que puedan separarle del trapecio en el último salto. El ex-presidente del Gobierno estará contemplando la solapa de su chaqueta en la que no brilla la medalla del pacificador de Euskadi con la que soñaba. Y no está dispuesto a que Zapatero - le robó las elecciones, como él repite ante todo el que se deja- le robe esa medalla que también era suya. Pero aún se pueden complicar más las cosas. Mientras Zapatero salta en el vacío y contra reloj, esperando el aval de ETA para que su apuesta tenga sentido, un empecinado empate a treinta y tres entre el tripartito y una imprevisible alianza entre el PP y el PSE podría obligar a Ibarretxe, que se niega a aceptar las condiciones leoninas del último disfraz de Batasuna, a convocar de nuevo elecciones en sesenta días. Si esa fuera la respuesta de ETA el triple salto mortal de Zapatero acabaría como no se merece el esforzado trapecista.