Lecciones

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

SIEMPRE es de agradecer que los grandes estandartes del país se avengan a dar lecciones. Lecciones de astrología, economía o moralidad. De forma especial, se agradecen las de moralidad, decencia y honradez cuando quienes las imparten pueden alzar la voz por ser ellos el espejo en el que siempre ansiamos mirarnos los de infantería. El orador lucense Francisco Cacharro se ha sumergido en el debate sobre la unión de homosexuales, emplazando a Zapatero y al ministro de Justicia a que, «por afinidad», sean ellos los que casen a estas parejas. Cacharro se ha situado con los alcaldes populares que rechazan realizar estos oficios. Porque sólo los hombres de bien, sólo los maridos ejemplares, sólo quienes pueden presentar un expediente moral sin una tachadura están en disposición de impartir estas recomendaciones. Sólo aquellos arquetipos de virtud familiar pueden mostrarnos el camino acertado. Ya nos gustaría a la mayoría de los mortales poder hablar con la autoridad moral que concede el tener la conciencia inmaculada. Y otra lección. Al president Maragall, y a su trío de gobierno, les ha movido únicamente la solidaridad para hacer una propuesta de financiación autonómica. Siempre fue Pasqual un solidario impenitente. Tan preocupado por los demás como López Carod que, precisamente por esa solidaridad a ultranza, negoció que el coche-bomba se extendiese a todo al territorio español, excepto al catalán. Y nosotros, sin querer entender su actitud fraternal. Aquí lo que hay es una desvergüenza inconcebible por quienes se arrogan la misión de hacer apostolado moral. Aunque a estas alturas ya no nos espantamos por nada. Acostumbrados como estamos a que los que ayer sobrevivían de pegar tiros en la nuca, se permitan hoy, reconvertidos en escritores de éxito, darnos lecciones de decencia.