El enredo del debate

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL ORIGEN de los parlamentos está en la necesidad de debatir sobre los gastos e inversiones del Estado. Incluso en el Antiguo Régimen, cuando el poder era absoluto y la política la diseñaba el rey, se daba por supuesto que el bien de la nación sólo podía medirlo la nación misma, y que ni siquiera el soberano podía disponer a su antojo sobre las cargas impositivas y sobre el uso que había de darse al dinero recaudado. Todavía hoy se sigue diciendo que el debate más importante de cada año es el correspondiente a la ley de presupuestos, en el que todas las políticas pueden ser expresadas y debatidas en céntimos de euro. Cualquier ciudadano sabe que es más útil discutir sobre la inversión en vivienda que sobre la tipología de las casas, o que nos trae más cuenta hablar del número de hospitales que de la evolución del concepto de enfermedad desde Hipócrates hasta hoy. Por eso no se me alcanza qué quiso decir Fraga cuando salió por el curioso registro de que «de inversiones no se habla, se informa», como si diese por sentado que la política moderna se hace sólo sobre dos principios: que «a caballo regalado no le mires el diente», y que «todo o que cae na rede é peixe». Uno de los grandes defectos del Plan Galicia es que, además de no existir, nunca fue discutido. Todas sus prioridades fueron impuestas por Madrid, sin que nadie sepa cuál es el modelo de desarrollo subyacente. Estamos en un entierro -¡nunca mejor dicho!- en el que nadie nos ha dado vela, y al que sólo se nos permite asomarnos humildemente para pedir que no nos marginen, o para agradecer eternamente las cuatro trapalladas que nos van haciendo. Por eso creo que, si tuviésemos una Xunta ágil y valiente, y si no fuésemos de farol en todas las demandas, no habríamos tardado más de un segundo en aceptar el debate entre Solbes y Fraga, aunque sólo fuese para saber cuál de los dos nos miente como un bellaco. Galicia no puede perder sus energías debatiendo el ser o no ser de un Plan que parece existir los días pares y desaparecer en los días impares. No deberíamos aceptar que un gobierno nos diga que es de día y otro que es de noche; que un partido diga que nadamos en dinero y otro que nos han robado; que un líder vea todas las obras en marcha y otro no vea más que humo de pajas; que unos hablen de Aznar como el gran benefactor que nos puso en la historia mientras otros le ven como el saltimbanqui que nos hizo una maniobra de distracción para ocultar el desastre del Prestige. Por eso me parece bien la idea de Zapatero. Que se junten Solbes y Fraga y digan de una vez lo que hay. Porque todo lo que no sea comparecer, con cuentas claras y chocolate espeso, huele a chamusquina.