VUELVE el primero de mayo, fiesta que debería aprovecharse para una reflexión sobre el trabajo. Este año hay que congratularse de que en Irak, mal que bien, y asesorados por los laboristas británicos, se esté reconstruyendo la actividad sindical perseguida durante la tiranía de Sadam. Gracias, por cierto, a los denostados Bush y Blair, que intentan extender los derechos humanos propios de Occidente en sitios donde desgraciadamente nunca habían medrado antes. Pero la situación en España y Europa, si no tan dramática, resta de ser maravillosa. El sistema de bienestar está amenazado por la competencia desleal, por el dumping social de países del Tercer Mundo o de otros donde sus trabajadores son salvajemente explotados por el Partido Comunista, como es el caso de la nueva China. Pero no solamente es el logro de empleo en cantidad, sino también en calidad. Es curioso constatar aquí el doble lenguaje existente en muchas grandes empresas. Las declaraciones de buenas intenciones de sus altos directivos son conculcadas sistemáticamente en la práctica cotidiana por las líneas de dirección subordinadas, que desmienten con sus hechos tan divinas palabras. O esos altos directivos no se enteran de lo que pasa o son hipócritas. Curiosamente, pese a las políticas de calidad o riesgos laborales, que suelen naufragar en sistemas burocráticos de subcontratas sin verdadero contacto con la realidad, se ha retrocedido en cuanto a transparencia, lealtad y humanidad de los sistemas de RR. HH., antes mejor llamados de personal. Y si el lograr un buen clima laboral es un objetivo que toda persona con poder debería tratar de conseguir por motivos humanistas, en este momento de amenaza es una oportunidad estratégica para reforzar la capacidad de innovar. Pero para ello hay que contar con la gente. Lo contrario de lo que se suele hacer. Por ejemplo, en los setenta, la diferencia de remuneración entre el presidente de una compañía de referencia como fue Campsa y un operario era de uno a cuatro. ¿Cuál es ahora en su heredera?