Ciertas rencillas de origen

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

28 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA HISTORIA grande es la de los hechos extraordinarios, magníficos,espectaculares e incluso pomposos. La historia pequeña se ocupa de las cosas que pasan. La historia grande logra, a veces, una dimensión demoledora gracias a su capacidad para convertirse en una aberración abrumadora de la pequeña, escrita casi siempre con una especie de tinta simpática, de modo que hay que someter sus textos a una cierta temperatura. Por ejemplo: la temperatura entre China y Japón. China se contempló hace siglos como ombligo del mundo al autodefinirse como el Imperio del Centro. El mundo había de girar a su alrededor, como lo hacía el sol alrededor de la Tierra. China no enviaba embajadores y despreciaba a los que recibía. Unos chinos se echaron entonces al mar, llegaron a unas islas orientales donde se inventaron Japón y lo llamaron el País del Sol Naciente. Los chinos, conscientes de que el centro es un desdoro frente a quien goza del sol más primigenio, se lo tomaron como una cuestión personal. Cómo no, si Japón acababa de arrear a China el mismo giro copernicano por el que la Iglesia católica metió a Galileo en una mazmorra. Luego se comenzó a averiguar que el origen chino de los japoneses no era incierto, pero pasaba por Corea. Una cosa es ser chino de cerca y, otra, ser chino de lejos y coreano de cerca. Así que los japoneses se mosquearon. Mientras tanto, los coreanos dieron con la angustia de una esquizofrenia en la que los del Norte se sienten residuales de China y los del Sur, primicia del Japón. Forman los tres una trinidad sometida al rigor de un proindiviso ante el suculento panorama de toda la zona del Pacífico, señalada hace veinte años como una promesa económica y hecha hoy un efervescente mercado en el que también buscan el modo de verse la Unión Europea, Rusia y América. Con una armada que supera tácticamente a la de los Estados Unidos, China chamarilea tejidos y armamento en la Unión Europea, coloca capital en América del Sur, merodea petróleo donde lo merodea Japón y se presenta como nodriza y apagafuegos de los aspavientos nucleares de Corea del Norte que, sin China, sería como un ciego con una pistola. Corea del Sur es cabeza de puente y playa de Estados Unidos, que juegan a ángel de la guardia de Taiwán, de esa China llamada nacionalista sentida por el régimen chino menos como escisión que como afrenta ideológica. Japón, que debe de ser el imperio más y mejor hecho a las estrecheces, quiere un asiento en el nuevo Consejo de Seguridad de una renovada Organización de Naciones Unidas, en el que también pretenden un lugar para sus posaderas Alemania, Brasil, India y Suráfrica. Los miembros del actual Consejo de Seguridad -Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Rusia y China- llevan ahí desde la fundación de la ONU, sobre cuyas resoluciones jamás han dejado en suspenso su derecho a veto, y la perspectiva de una alteración de semejante privilegio les pone ciertamente de manos. Tales son las cosas que vienen pasando y que explican un cierto miedo a que una mariposa se acatarre volando y ocasione un cataclismo en las antípodas de su estornudo. La puerta del viejo orden al nuevo la guarda el riesgo de un resfriado.