ESPERO que el colectivo gay me perdone, pero es que llevo unos días de lo más risueño. No lo puedo evitar. Este desfile de conciencias heridas propiedad de alcaldes lenguaraces me lleva de la sonrisa a la carcajada. Esa parábola del nido en el que se queda la pájara para cuidar a los polluelos y el pajarito sale a buscar comida es genial. Y la teoría, del mismo autor que el símil ornitológico, de que los hombres se cansan de las mujeres y acaban probando de todo es lo más hilarante del año. Aunque, si me permiten, lo mejor, muy por encima de la calificación de tarados expresada en catalán, es la de ese alcalde, también con problemas de conciencia, que asegura que sus escrúpulos para casar a dos hombres serían más llevaderos si se tratara de dos mujeres. Impagable. Bromas aparte, el matrimonio gay se está mostrando como un estímulo ciudadano de primer orden. No sólo se han equiparado los derechos de una minoría hasta ahora poco menos que clandestina (a ver si cunde el ejemplo y se actúa sobre los derechos de otras minorías menos glamurosas), sino que muchos políticos han descubierto una parte esencial de su alma: su conciencia, hasta ahora anestesiada cuando metían la mano en la caja, colocaban a la familia en oficinas municipales, recalificaban terrenos para beneficio propio o de los amiguetes o jaleaban la guerra de Irak. Esta ley ha sido como un viagra para sus fláccidas conciencias. El fin de la legendaria corrupción municipal está cercana.