ENTENDER o no entender, esa es la cuestión. Entender que los que entienden tienen los mismos derechos civiles que los que no entienden o pensar que esa Constitución con la que tanto nos llenamos la boca sólo es intocable cuando habla de la «indisoluble unidad de la Nación española» (artículo 2) y no cuando dice que «los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social» (artículo 14). Vamos, que entienda usted o no, tiene derecho a casarse con quien le dé la gana, ya sea hombre o mujer, a formar una familia y a llevar una existencia feliz y plena sin que nadie le diga cosas como que «el trabajo de un Gobierno no puede consistir en legalizar o en casar maricones», como ha afirmado el alcalde de Vilamartín, Manuel Candal. Cielo santo, yo pensaba que vivía en el siglo XXI y que ya no había gente capaz de decir en público y en alta voz cosa semejante. ¿Tan difícil es entender? Bueno, en este caso me refiero a la forma tradicional de entendimiento. Vamos, a la que otorga el raciocinio y no los órganos sexuales. Cada vez hay más gente que entiende. Que entiende, digo, que todos somos iguales y que no importa el sexo de quien se meta en tu cama, siempre y cuando tu pareja te respete y no te trate a patadas. Si a Juan le pone Pedro y a Margarita le va Matilde es algo que sólo les importa a ellos. Creo que se me entiende, ¿no?