LA VALORACIÓN de la sonrisa frecuente del presidente Zapatero depende de quién la haga. A estas alturas, uno ha oído ya toda clase de opiniones al respecto, desde quienes la consideran el verdadero símbolo del nuevo talante de diálogo y de consenso, hasta los que creen que es un arma cargada de provocación o una simple muestra de irresponsabilidad. Los primeros aseguran: «Esa sonrisa ha desactivado ya muchas confrontaciones en este país». Los segundos disparan: «Es un inepto: sonríe mientras España se cuartea». Es evidente que, por la propia afirmación, se deduce la posición política del opinante y la simpatía o rechazo que le provoca el presidente del Gobierno. Lo llamativo es que el número de calificadores aumenta cada día y sus juicios ganan en detalle. Así tenemos a quien dice que no le gustó que sonriera en alguna circunstancia excepcional, pero sí en todos los demás casos, porque crea un clima de confianza y proximidad muy favorable para la gestión de problemas espinosos. Pero también tenemos a quién se pregunta por qué le sonríe a Carod-Rovira cuando el catalán no ha dado muestras de otra lealtad que no sea el oportunismo o el chantaje (por ejemplo, en el caso reciente de decidir el traslado a Cataluña de un trozo del archivo de Salamanca). ¡Ah, la sonrisa de Zapatero! Empieza a ser ya un motivo de exaltación entusiasta para unos y de claro rechazo para otros. El historiador Carlyle escribió que la sonrisa es la clave secreta con que se descifra un hombre entero. Y, claro, cada uno procede a descifrarlo como mejor le cuadra a sus prejuicios y querencias. Así, unos aseguran, con Milton, que tan frecuentes sonrisas derivan de la razón y son alimento del amor (político, claro), mientras que otros se agarran al refrán castellano de que por la mucha risa se conoce al necio. Siempre según convenga. No hace mucho nos pronunciábamos sobre un bigote detrás del que comparecía un político severo, rígido y reñidor, que había obtenido una mayoría absoluta con cara de juez. Ahora estamos en el trance de pronunciarnos sobre una sonrisa detrás de la cual comparece el presidente del talante (o sea, lo contrario del anterior). Y en ello seguimos. ¡Tanto han cambiado las cosas!