LAS LEYES están para ser obedecidas, es una base de la democracia. A nadie le cabe en la cabeza ser objetor a la norma que convierte en delito el hecho de conducir borracho y, mucho menos, que se pida desde los púlpitos su incumplimiento: «¡No hagas caso, tájate y conduce, es tu derecho, pasa del Gobierno!». Impensable. Por las mismas, la ley que regula las uniones homosexuales está para ser cumplida, guste más o guste menos, no es un «textillo» de segunda. Se ha normalizado en los papeles lo que nunca debió ser anormal y eso es un avance que debería avergonzarnos, sí, pero sólo por haber tardado tanto. En democracia, las mayorías -no los sexos o las creencias- legislan para todos, también para los que no están de acuerdo. Y eso es así, o no es democracia.