ESPAÑA es la patria del romancero y de los cantares. Si el romancero estereotipa hazañas heroicas, los cantares son un catálogo de la intimidad del alma y los sentimientos. Quizás la presumida abuelita del Gobierno arrulle a su tierno nietecito ZP con estos logros de la sabiduría popular tan útiles en previsión de que se agote el talante y el angelito se cabree si el niño malo y gamberro del norte le pincha su bonito globo. Anida la nostalgia del mando y presupuestos compartidos con el PNV y en el PSE un tal Pachi canta en la ventana de la mancebía de madame Arzalluz: «Corazón de filigrana embutido en fino acero, ¿cómo quieres que te olvide si has sido mi amor primero». Y en el umbral ruega le acoja Ibarreche en su nutricio seno maternal: «Nunca me digas adiós, que es una palabra triste: corazones que se quieren nunca deben despedirse». Aunque el requebrado se confunde al contestar: «No vengas en busca mía que va mucha diferencia de tu persona a la mía». Mientras, don Onanín Elorza tiene la vileza de insultar a las Víctimas del Terrorismo después de ofender su memoria facilitando el patrimonio municipal a los terroristas. Aunque tan turbio personaje no se lo crea, hay muchas personas que guardan la memoria de los sacrificados por sus protegidos: «Las flores que en tu sepulcro derramo yo a manos llenas van regadas con mi llanto y por eso no se secan». Y aunque el PSE de la era ZP haya traicionado sus orígenes de decidida oposición al bizcairratismo sabiniano: «Del clavel que me distes anacarado, toma tú las cenizas que lo he quemado», renunciando así a la solidaridad y la dignidad democrática y política, más vale que no olvide tampoco que para muchos españoles de todas clases, incluidos algunos socialistas: «Cuando se arranca una rama / el tronco siente dolor / las raíces lloran sangre / de luto viste la flor».