De la vida y de su código

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

22 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

UN DIARIO hizo valoración de Juan Pablo II con preguntas a un conjunto de personas, por un lado, amigos de esos que con su pringue afectivo o afecto pringoso ya te ahorran el trabajo de tener enemigos, y, por otro lado, un Listo Calixto rotundo en «no creo que haya hecho nada bueno, e incluso creo que ha hecho bastantes cosas graves». En las opiniones críticas hubo insistencia en punto en el yo creo que el Papa no estaba en posiciones conservadoras, retrógradas¿ sino más bien en Babia, ausente del mundo que estaba obligado a conocer hasta los tuétanos porque lo trotó a tope: me refiero a sida y preservativo, control de natalidad y todo cuanto conecta con una espiral de enfermedad, pobreza y muerte que no se detienen con éticas y santidades de código o individuales porque es espiral que atenaza a cientos de millones de seres humanos a los que hay que poner a andar con soluciones humanas, reales y eficaces. Ahora estamos con Benedicto XVI y todas las trazas de más de lo mismo en cosas en que la Iglesia Católica debe asomarse afuera de sí misma y hacer algo más que condenas, reservas y tabúes en puntos que no son de su dogma ni del núcleo de la moral intocable caiga quien caiga. No me gusta nada meterme en estos berenjenales, prefiero vivir mi creencia a mi aire y por mi cuenta, pero hay cosas que hacen hablar, por ejemplo, la carta de Ratzinger a los obispos de EE. UU.: «puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto a ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no respecto del grave pecado del aborto y la eutanasia». Bueno, esa carta ni va con mi credo ni, si estuviese escrita ya por Benedicto XVI con todas las ínfulas de su ministerio, le daría yo la menor estima ni intelectual ni ética, además de que deseo que no anuncie líneas de actuación futura. No tengo nada de abortista, excepto en lo que tiene de solución médica, última y penosa a un problema grave y sin otra solución; no creo tampoco que las que, con código más laxo que el mío, abortan sean paranoicas perversas que disfrutan su paranoia. De la eutanasia habría para folios, pero baste ya con que no creo en la eutanasia directa ni en la terquedad de tener años y años un bulto conectado a un respirador. Tengo la impresión de que la única legítima opinión entre católicos, como seres humanos con corazón y cerebro, es que la pena de muerte es una puta mierda, una atrocidad que gana agravantes cuantas más togas, trámites y pompas se pongan los desastrados (¡desastrados digo, no magistrados!) que la dictan. La guerra es la pena de muerte masiva decretada por la codicia del fuerte sobre el débil o por la incompatibilidad entre hienas. La lástima es que desde Aquiles y Brad Pitt estamos inyectándonos «honorina» a golpe de Estado, Nación, Patria, Himno, Bandera ¿ y otras solemnísimas gaitas que nos flipan y hacen excretar un exceso de ardor guerrero y acabamos olvidando que no matar es la flor y nata de los mandamientos y de la humanidad.