CAMILLA y Carlos han pedido perdón por sus pecados. No he parado de oír comentarios tremendos sobre la pareja. A mí me parece una historia de amor increíble. Cierto que no vale para el cine, porque él sólo daría bien en el papel de Dumbo y ella sería perfecta para hacer uno de los caballos del Gran National. A lo mejor a Carlos le gusta tanto por el amor que los británicos le tienen a los equinos. Pero tiene un mérito tremendo que estos señores se hayan amado tantos años a su manera. Me gusta que triunfe el amor de verdad, no el fingido, el de estoy harto de la parienta, tan habitual. Las grandes pasiones mueven el mundo. Hay demasiada gente que oculta las mariposas ciegas de su amor en la cárcel del cerebro para que nunca vean la luz. Con tanto frustrado, da gusto ver a C&C, contra un Imperio, en el coche de novios que decoraron los hijos que ambos tuvieron con otros. Los cotillas hablarán del tampax y el té de las cinco. Me quedo con un amor que superó décadas de borrascas en Inglaterra, tal y como son las borrascas en las islas. Las monarquías hace tiempo que son del color de la prensa rosa y la Windsor, que suena a marca de cerámica, del amarillo de la prensa sensacionalista. cesar.casal@lavoz.es