RESULTA incluso chocante ver cómo se trivializa las más de las veces todo lo relacionado con la Iglesia Católica. Estos días desde los medios de comunicación se ha presentado la elección del nuevo papa como si se tratase de elegir al alcalde o al presidente del Gobierno, llegando a dividir al Colegio Cardenalicio y a los supuestos candidatos en grupos o facciones según la etiqueta de progresistas o conservadores, como si el reciente Cónclave fuera más el congreso de un partido político que lo que realmente es y viene siendo desde hace casi 2000 años: una reunión espiritual para buscar a quien debe ser pastor y guía de millones de personas que profesamos la religión católica. No hay ni progresistas ni conservadores, sino que hay un dogma único e inalterable, en torno al cual se ha configurado una iglesia con vocación ecuménica. En los aspectos accidentales la Iglesia se ha ido adaptando a los cambios de la sociedad humana en el transcurrir de los tiempos, con mayor o menor velocidad. Lo que no ha cambiado ni puede cambiar, porque para los católicos no es motivo de interpretaciones, y mucho menos coyunturales, es la esencia de nuestra fe: la eucaristía como comunión con Dios y con el resto de los hombres. El Cónclave ha elegido un nuevo Papa, celoso del misterio que la eucaristía representa, a la que ha definido en un precioso libro como el centro de la vida. Un Papa alejado de cualquier visión particular o, como ahora se dice, nacional, en la actuación de la Iglesia, a la que siempre ha considerado ecuménica y universal, precisamente porque siempre ha interpretado que no puede haber lo que él llama «una nacionalización de la eucaristía», cuyo misterio se extiende sin límites de lugar y de tiempo. El Cónclave ha elegido un Papa que, al igual que el anterior y de una forma más personal, conoce y ha sufrido en sus propias carnes la terrible maldición de la guerra. Por eso Benedicto XVI siempre ha considerado la fe cristiana como un auténtico movimiento de paz. Tenemos un nuevo Papa, al que le corresponderá afianzar los valores de nuestra fe para preparar a la Iglesia en los nuevos retos de la sociedad de hoy. Vamos a tener un Papa firme en el dogma, pero a la vez abierto a las nuevas sensibilidades sociales. Posiblemente el cardenal Ratzinger no quería ser papa, estoy convencido de ello, deseaba seguir en su actual responsabilidad y quien lo haya leído coincidirá conmigo en que este humilde trabajador de la viña del señor, tal como él se definió, nada tiene que ver ni con la imagen ni con el carácter que frívolamente se le atribuye. Por último, una nota humana, el nuevo Papa es el fiel reflejo del profundo sentido cristiano de los bávaros. Será un Papa que invitará a la alegría, lo más opuesto a su antecesor Benedicto XV, de quien de niño escuchaba como mi querido padre y un hermano suyo que era sacerdote, mi tío Antonio hablaban siempre de la tristeza y la melancolía de carácter del Papa de su niñez, que había estado marcado por la cruel matanza de la Primera Guerra Mundial. Y que nadie se engañe: tenemos el Papa más culto de los últimos siglos. Será sin duda un gran pontífice.