DESDE el más absoluto de los respetos, afirmo que el cardenal Joseph Ratzinger, ya Benedicto XVI, ha ganado la elección o, si me permiten el eufemismo, ha ganado las elecciones. Que yo recuerde -y he seguido los cónclaves que eligieron a Juan XXIII, a Pablo VI, a Juan Pablo I y a Juan Pablo II-, jamás un cónclave se inició con un favorito tan claro como el cardenal alemán que durante casi un cuarto de siglo ha sido el guardián de la doctrina y de la fe, como prefecto para la Congregación que fue nombrado en 1981 por su antecesor. Es verdad que todos los cónclaves anteriores tuvieron en los italianos un factor decisivo, y en éste no podían serlo porque su número no les permitía ejercer un «bloqueo», ya que el Papa podía ser elegido sin contar con un solo voto italiano. Pero también es verdad que jamás unas vísperas de cónclaves tuvieron una «campaña electoral» tan evidente como la realizada por Ratzinger en dos momentos y con dos homilías bien diferentes: en el funeral de Estado en la Plaza de San Pedro, que fue la homilía de la complicidad con los millones de admiradores de Juan Pablo II, casi la del compromiso de canonización del que, sin duda, le gustaría entonces suceder. Y luego y sobre todo, en la homilía de la misa Pro Eligendo Pontificem , en la que se erigió como defensor de la ortodoxia frente a lo que calificó de dictadura del relativismo. Marxismo, liberalismo, ateísmo, colectivismo, sincretismo, agnosticismo y hasta el libertinaje fueron azotados en la homilía del cardenal Ratzinger como el político que, en su último mitin -y apelo nuevamente al término «con mi absoluto respeto»-, enumera lo mejor de su oferta electoral. Al lado durante casi un cuarto de siglo del Papa que mejor ha utilizado los medios de comunicación para difundir su mensaje, el cardenal Rat-zinger, aun en las antípodas de la imagen carismática de quien ya es su antecesor en el Papado, ha sabido utilizar también la caja de resonancia del primer cónclave televisado en sus preparativos para hacer una campaña que, aun dirigida solamente a los 114 electores, era un inconfundible mensaje al mundo cristiano: Yo soy la doctrina y la fe, yo soy la ortodoxia¿ Y al menos 76 cardenales -en el supuesto de que él se haya votado a sí mismo- están de acuerdo. Por eso, Ratzintger es ya Benedicto XVI.