¿CÓMO explicar el enorme interés y la emoción entrañable que el entierro del Papa suscitó en el mundo entero? Entre protestantes y paganos, musulmanes y judíos, ateos e indiferentes, la reacción ha sido inesperadamente profunda y general. Por supuesto, se trata de la muerte de un jefe de Estado aunque, desde luego, no cuenta mucho: como reza la famosa pregunta de Stalin, «¿Cuántas bayonetas tiene el papa?». Tampoco hay que descartar la importancia del papa como la voz y conciencia de la Iglesia, pero hay que reconocer por otro lado el hecho de que nosotros, los católicos, no solemos prestar la debida atención a la doctrina del papa, y los no católicos la respetan aún menos. Los comentaristas son unánimes. La misma personalidad de Juan Pablo II lo explica todo. Fue un tipo genial. Tuvo ese atractivo de actor que le quedó desde su juventud, cuando pensaba ejercer esa profesión. Encarnó el carisma sacerdotal. Se presentó como el papa de todos, viajando por el mundo, logrando que millones de personas lo reconociesen, lo conociesen o pensasen conocerlo. Su papel en la caída del comunismo le dio una importancia histórica inusitada para un papa moderno. No quiero ponerme a la contra de estas opiniones o de otras semejantes. Por cierto, ese gran papa, papa santo, papa espiritual, mereció las olas de alabanza que enlutaron el planeta en la hora de su muerte. En este mundo fue un ciudadano de otro. Debía de sentir, a lo largo de su pontificado, la tentación de comprometer la tradición de la Iglesia para acomodar los programas del feminismo, o de la teología de la liberación, o del pragmatismo frente a los problemas demográficos, o de la ordenación de mujeres y casados para solucionar las dificultades de reclutamiento para el sacerdocio. Pero su respuesta fue siempre la misma: detrás de mí, Satanás. Su fidelidad a lo eterno y su rechazo a lo contemporáneo dejaron una impresión profunda aun en los que apostaron por una moralidad regida por las exigencias mundanas: los apóstoles del aborto, o de los anticonceptivos, o de la permisividad sexual. Pero los fenómenos sociales no se explican bien por motivos personales. Y la reacción a la muerte del Papa ha sido un fenoméno social y cultural a nivel mundial. No es sólo en la personalidad de Juan Pablo el grande , sino tambien en los masivos -pero casi inadvertidos- cambios en las actitudes religiosas de tiempos recientes donde debemos buscar las razones del nuevo papel del papado en el mundo. En primer lugar, hay que tener en cuenta los cambios dentro del cristianismo. El papa se ha convertido en el líder espiritual de todos los cristianos, porque el protestantismo se ha vuelto más católico y el catolicismo se ha vuelto más protestante. Por vivir en Inglaterra, un país de tradición protestante, lo veo muy claro. Los ingleses se han mediterraneizado: de vacaciones en España e Italia, vuelven a casa bebiendo vino, trasnochando, cantando, gesticulando, llorando por sus muertos. Pierden, a la vez, su perfil de protestantes. Ya todos los negocios y los campos de deportes en Inglaterra, que solían cerrarse los domingos por escrúpulos religiosos, quedan abiertos. La eucaristía ya es el foco de la vida de congregaciones que antes centraban toda su atención en el sermón. El altar vuelve a ser el polo de las iglesias, en lugar del púlpito. Mientras tanto, el catolicismo se protestantiza. Casi hemos abandonado la lengua universal de la Iglesia Católica y, al cabo de medio milenio, hemos reconocido que los protestantes tenían razón al insistir en el uso del idioma vulgar. En nuestras iglesias ya se cantan himnos al estilo protestante: en Inglaterra, EE.?UU. y Holanda hasta he oído cantar un himno de Lutero -el magnífico Ein feste Burg ist unser Gott - como himno del ofertorio en iglesias católicas. Luego, el liderazgo del Papa se ha extendido a personas religiosas de cualquier fe. En el mundo de hoy, el ecumenismo triunfa sin fronteras, porque todas las religiones tienen enemigos comunes: el laicismo, el materialismo, el consumismo, el capitalismo sin bridas ni freno. Juan Pablo II no fue el autor de estos cambios, sino uno de sus efectos. Papa grande, Papa santo, Papa espiritual, por cierto; pero también, a pesar de sus propios esfuerzos e intentos, Papa de nuestros tiempos, reflejo de las grandes fuerzas de la historia. © Felipe Fernández-Armesto