EL MIÉRCOLES, en la plaza de la Lealtad, donde descansan las cenizas de quienes murieron el 2 de mayo de 1808 por defender la libertad y la independencia, se escuchó la voz roqueña, precisa y firme de un Editor de Prensa, así, con mayúsculas. Un editor que ofrece todas las mañanas a los ciudadanos unas páginas de libertad y de independencia. No es este un hombre de negocios que tiene periódicos. Es un hombre de prensa y musculatura cívica que, como el tábano del Martín Fierro , acicatea al caballo para mantenerlo despierto. Hacía tiempo que en la Villa y Corte no corría la palabra clara como el agua clara del español que cuida la Academia de la Lengua a pocos metros del campo de lealtad. La palabra clara y el grito de libertad de un editor de provincias, como él se definió, que llama al pan, pan y al vino, vino. Que cumple lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. Fue un discurso directo y valiente, lejano del farisaico políticamente correcto al uso, que sacó los colores a la platea que le escuchó; a los políticos que la poblaban y a los que medran con ellos sin importarles la ética y el servicio al ciudadano, más atentos siempre a la trompetería y a la vanidad que a la dignidad. Fue el discurso del miércoles una bocanada de aire fresco en el Madrid pestilente de la mentira, la componenda, la lisonja, el chalaneo, la cicatería, la trampa, la bravuconada, el chantaje, la emboscada y la puñalada trapera. La voz libre de un periodista y editor independiente sonó en los salones del Ritz con la fuerza que tenía que sonar. En defensa de Galicia y de España, pero sobre todo en defensa de la ciudadanía, cada vez más reclamada y, sin embargo, más pisoteada; cada vez más citada y, sin embargo, más ignorada; cada vez más usada y, sin embargo, más despreciada. Fue un aldabonazo a las conciencias limpias, a la argamasa de la sociedad civil. Azuzó a los políticos y a los gobiernos de todo signo y color, ríspidos o melosos, invasores siempre, y clamó contra el cainismo que recorre el espinazo de España sembrando la discordia, la división, el enfrentamiento entre ciudadanos de una misma Nación, vieja y sabia de cinco siglos de vida en común y solidaria, que se llama España. Todos los políticos han pensado alguna vez, como Honorato de Balzac, que «si no existiera la prensa no habría que inventarla», pero lo negarán siempre. Negarán odiar a la prensa y proclamarán, con Alexis de Tocqueville, que «la prensa es el instrumento democrático por excelencia de la libertad», mientras trabajan en la oscuridad para cegarla. Me siento orgulloso de contar con la amistad de ese editor de prensa que sólo entiende ésta como contrapoder del poder legítimamente constituido, conciencia crítica de cualquier fuero, agitador de conciencias, generador de ciudadanía, garante de la libertad individual y de las libertades colectivas, mohicano de una estirpe a extinguir. Brindo por él y por los otros tres que son como él.