EN LA VIDA se dan coincidencias a veces lamentables. El domingo pasado escribí un articulo sobre Jean Paul Sartre en el suplemento cultural de La Voz con motivo del primer centenario del nacimiento del filósofo francés. Para ello leí su biografía y estudié su obra. Una vez terminado (y publicado, creo), me llega una noticia que, mucho más que un análisis exhaustivo, ilustra las teorías sartrianas del otro y de la existencia. De modo que estas líneas van a manera de aditivo a mi largo análisis del otro día, y de haberlo sabido antes tal vez hubiera ahorrado tanta verborrea al lector. Me lo refirieron con meses de retraso, y lo saco a relucir porque tiene su miga. Dicen que la dirección del centro Tysons Corner, cerca de Washington, puso de patitas en la calle al mismísimo Papá Noel, que había sido contratado un mes antes. Se trataba de un muchacho de la secta de los vegetalistas. Su labor consistía en dar globos y golosinas a los niños, a la par que añadía un librito con argumentos que demostraban la inexistencia del anciano bobalicón que él mismo encarnaba (por si acaso no les traía juguetes). Los clientes se quejaban. «Mi hijo tiene cuatro años -decía Lynda Smith- y se está volviendo loco. Dice que si no existe un señor tan bueno, que le ofreció tantos regalos, él tampoco debe existir». La secta filosófica de los vegetalistas afirma, tanto en el caso de Papá Noel , Santa Claus, los Reyes Magos, Dios y nosotros, que sólo existen, existimos, si los pensamos o si alguien nos piensa. No pensemos en ellos y dejan de existir, desde el primero hasta el último. Somos, estamos moldeados por pensamientos ajenos. Y los pensamientos ajenos se forman a partir de nuestro comportamiento en la vida. Y como en primer lugar nadie es perfecto, sucede que la imagen favorable que proyectemos se nos devuelve modificada por el humor o estado de ánimo de los que nos observan. Es lo que concluye Jean Paul Satre cuando asegura en El aplazamiento : «El infierno son los otros». «Me ven, luego existo. Los otros me miran y me juzgan, me modifican y me alteran». Es lógico que nos volvamos tarumbas, como el hijo de Lynda Smith. Sigo con el vegetalismo. El deseo de celebridad, de fama, procede de esa necesidad de existencia: cuanta más gente nos conozca, piense en nosotros, más seguros estamos de existir. Por eso decía Oscar Wilde: «Que hablen de mí, aunque sea bien». Es una falacia, arguyen otros, porque el número entraña mediocridad y te expone a tener mala imagen. No por lo muy celebrado que fue, dejó Wilde de caer en un presidio de Cayena. Ergo, cuantos más gente piensa en ti, más te deforman y más mediocre eres. Esta teoría se ve refutada por los sentimentalistas. Según éstos, la única forma de vivir y dejar de vegetar es preciso tener la suerte de dar con una persona esencial. Y cuando por una casualidad entre millones se encuentra, nos libramos de la enfermedad del hijo de Lynda Smith.