La libertad y el condón

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

EL VALOR de ideas y creencias se demuestra en la práctica vital de las personas que las encarnan. Karol Wojtyla adoptó la Biblia como guía y Zapatero el manual apócrifo de cómo sobrevivir callado y ganar elecciones apoyado en los errores forzados de los demás y en el miedo ajeno. El polaco conoció a los déspotas del Gulag y a los impávidos ingenieros del exterminio; se opuso a ambos con la ejemplaridad resistente de los profetas de la tribu. Mientras que el oriundo de la España en disgregación, se plegó camaleónicamente a los poderes fácticos de cada momento, y ofreció a los asistentes al circo la trucada satisfacción de sus pasiones elementales. Juan Pablo II fue uno de los grandes actores en la conquista de la libertad de nuestro tiempo, un tipo que defendió sus convicciones sin mirar al barómetro electoral global. Se propuso cambiar la vida y cambiar una historia que seguía el guión hobbesiano de la lucha entre lobos. Mientras que Zapatero se dedicó, de entrada, a la búsqueda de las debilidades de su Iglesia. Lanzó a sus chicos y chicas a insidiar con sus finanzas en esta tierra, a devaluarlos como doctrinarios del dogma y a utilizarlos como contracara del placer y la razón. Se encarnó como la remozada oferta de las viejas vanidades politeístas estériles. Dios ha muerto y todo está permitido; monopolicemos la carrera hacia el poder como una competición entre los peores. Sólo hay que hacerla con diálogo hipócrita en la superficie y afilados cuchillos en las alcantarillas; los determinantes en última instancia de las correlaciones de fuerza. Sin descuidar la crucial colaboración de los que ayudan a mantener a la clientela en la caverna de la información reinterpretada. Es el modelo de la existencia vivida con un condón en la conciencia, el que uno mismo se construye ayudado por selectos cómplices de acero. Zapatero ha tildado la lucha de Juan Pablo II contra la decadencia física como un exhibicionismo del dolor. En su mundo no existen viejos ni enfermos, a él lo que le gusta son sus ministras posando empeletadas para las revistas de moda. Definitivamente, carece de sentido del ridículo. Sus aliados catalanes ni siquiera le brindaron un minuto de respeto en el Parlamento del que cobran. Es lo que da de sí la lógica de las vanidades secularizadas. Pero Wojtyla nos ha visto tal como somos, vivió el horror del que somos capaces y se negó a concesiones políticamente correctas. Se hizo mediático para llegar a los desarmados por la desinformación y advirtió de que ningún poder externo garantiza nada. El bien y el mal anidan en nosotros mismos; la libertad política es necesaria para la defensa recíproca ante nuestra rapacidad, aunque tampoco es garantía. Incluso Montesquieu fue un utópico impotente con sus fórmulas de contrapoderes sociales. Al final es el ejercicio de la libertad interior el que decide. Juan Pablo II nos exhortó al reconocimiento de los demás; Zapatero, a mirarnos el ombligo. Es la diferencia de visiones. Por sus obras los conoceréis.