La fuerza del Espíritu

| MARÍA ANTONIA IGLESIAS |

OPINIÓN

RECONOZCO, sin rubor, que soy uno de los millones de espectadores que no ha podido rechazar la tentación de engancharse a la televisión en esta singular semana catalizada en torno a la muerte de Juan Pablo II. Reconozco que mi vida personal y laboral ha estado condicionada, hasta mi propia exasperación y desconcierto, por las retransmisiones en directo, los programas especiales, los debates y los informativos catalizados, también a su vez, por lo que estaba ocurriendo en la plaza de San Pedro. Confieso que no había padecido un ataque de adicción televisiva tan grave desde la guerra de Irak, los atentados del ll-M y la noche electoral del día l4. Este mi preocupante síndrome tiene toda la pinta de que puede prolongarse, al menos, hasta la finalización del cónclave que elegirá al nuevo papa; lo cual, unido a lo que me espera con las próximas elecciones vascas, es como para acudir a la ayuda de un buen sicólogo. Pero como soy optimista por naturaleza confío en una pronta recuperación de mi dolencia. Bromas aparte, y a pesar de que temo estar confundiendo mis deseos con la realidad, pienso que la experiencia de estos días ha resultado ser, finalmente, algo que ha merecido la pena haber vivido. Y esto, a pesar de tantas cosas. A pesar de que las cámaras de televisión nos han mostrado un espectáculo impresionante, sí, pero también y, en demasiadas ocasiones, obscenamente parecido a un espectáculo de circo. A pesar del rechazo que me han provocado las imágenes del enajenado gentío en compulsiva búsqueda de trofeos fotográficos y de turismo religioso que llevarse a casa. A pesar de que me resulta personalmente inaceptable ese culto, a todas luces desproporcionado, a un hombre de carne y hueso que dijo haber querido ser, solamente, «el siervo de los siervos de Dios». A pesar, sobre todo, de mi inevitable escepticismo respecto a la remota posibilidad de que la Iglesia católica, su jerarquía, esté dispuesta a liberarse de las ataduras de regresión y estrecha moral, carente de altura teológica y verdadera misericordia, con las que la ha dejado sujeta el Papa muerto¿ A pesar de todo esto, he creído percibir un soplo de fuego iluminador, que ha hecho volar al viento los pomposos ropajes de los cardenales que van a elegir al sucesor de Juan Pablo II. Confieso que he creído, o deseado, sentir la fuerza del Espíritu sobre ellos, a pesar de que, según aseguran quienes lo conocen de verdad, o sea, los teólogos perseguidos, nunca ha estado en Roma. Pienso que ese mismo Espíritu le ha querido dar a la Iglesia católica la última oportunidad de convertir su presencia en nuestro angustiado mundo en lo que parecía ser en estos días: corazón universal y comprensivo. Y no una pequeña secta integrista, a punto de desaparecer entre fastos y púrpura.