Hace dos años, Luz recibió una información brutal e inesperado. Sólo era un dolor en un costado, pero unas pocas pruebas después apareció el cáncer, implacable, demoledor. Un diagnóstico con fecha: dos meses, tres, tal vez. Él no lo sabía, aunque quizás lo sospechaba. Y ella no se lo dijo. Desde ese día, se arremangó un poco más y comenzó una batalla perdida de antemano, pero ante la que nunca se rindió. Armada hasta los dientes de amor y tenacidad, tuvo que aprender a poner inyecciones, a establecer el horario de los fármacos, a controlar las reacciones del enfermo, a llorar a escondidas, a rezar en silencio, a animar a su entorno, a viajar al infierno de la quimioterapia, a entender la morfina, a formular esperanzas, a observar el dolor... Y nunca, nunca se dejó vencer. Ni siquiera en el último momento, durante el que permaneció entera mientras él, su amor desde siempre, su compañero de toda la vida, descansaba al fin tras una agonía injustísima e inopinada. Luz, que ahora vive sola, no puede hacer milagros, pero es grande, es magna. Como otras Luces que ahora están en el fragor de esa horrible batalla contra el alzhéimer, contra el cáncer, contra cualquier enfermedad monstruosa que convierte en algo diferente a nuestros seres queridos, no por ello menos queridos. Todas esas Luces son las que de verdad iluminan este mundo tan injusto y, a base de conmovernos con su ejemplo, nos indican dónde debería estar realmente la mejor versión de nosotros mismos.