MÓNACO y El Vaticano, los dos microestados más populares del planeta, acaban de perder a sus monarcas absolutos. Karol Wojtyla, fallecido a los 84 años tras una dura y televisada agonía, gobernaba sobre un monumental Estado de 0,44 kilómetros cuadrados, que cuenta con un censo de 890 vecinos, la mayoría clérigos de alta mitra. Rainiero Grimaldi, que muere con 81 años y también tras largos padecimientos, era señor de un precioso Estado de 1,95 kilómetros cuadrados, donde se apiñan 32.000 privilegiados vecinos. Los Grimaldi mandan en Mónaco desde el año 1308. Los Papas mandan en Roma sin interrupción desde 1337, año en que el papado regresó a la Ciudad Eterna tras el exilio en Aviñón. Pero las similitudes se agotan ahí, pues las gestiones de ambos microestadistas fueron antagónicas. Wojtyla supuso un frenazo a las ilusiones aperturistas (¿infundadas?) que albergaron muchos cristianos tras el Concilio Vaticano II. El Papa polaco purgó al sector del clero que en su afán de ayudar a los pobres flirteaba con el marxismo, en especial en Latinoamérica. El mayor tirón de orejas público de su pontificado no se lo llevaron déspotas sanguinarios como Pinochet o Fidel, sino un cura poeta con look a lo Che: el ministro sandinista Ernesto Cardenal. Wojtyla peleó por su Iglesia volviendo al rigorismo y dejando claro que el dogma es intocable, pues por algo se llama así. Rainiero empleó justamente la táctica contraria: pasó del corsé de la historia y abrió su principado de opereta a golpe de glamour (y de aceptar cuentas bancarias más o menos hediondas). Primer paso del plan: el pequeño príncipe monegasco se liga a una beldad de Hollywood, la musa rubia de Hitchcock, hija además de un industrial potentado. Con el chute de revitalizadora sangre yanqui, nace una camada de príncipes casquivanos y hermosos, algo inusual en las endogámicas monarquías europeas. Nada más dejar el internado, Carolina y Estefanía saltan de rollete en rollito ante hordas de paparazzis . Alberto, aunque no se capta muy bien de qué va, es también alteza mundana. Pero aquí no pasa nada. Todo el mundo es bienvenido a La Familia. Tenistas, domadores, playboys , acróbatas, dipsómanos y ricachos van pasando por el Baile de la Rosa sin que el viejo Rainiero, príncipe número 30 de una linajuda saga, arquee una ceja. Corren días de mudanza en los microestados. Rainiero y Wojtyla, cada uno a su modo, supieron mantenerlos en la pupila mediática. Pero sus sucesores tendrán que hacer justo lo contrario que ellos: bajar Roma a la realidad de la tierra y acercar el turbio Montecarlo un poquito al cielo.