Juan Pablo II en Euskadi

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

LOS PARTIDOS vascos no contaban, coitadiños, con que se les iba a morir un Papa en plena campaña electoral. Pero la parca nada sabe de elecciones. El fallecimiento de Juan Pablo II ha tenido, pues, sobre la campaña vasca el efecto que era de esperar: ha barrido de la primera actualidad la curiosa mezcla de insultos injustificados, necedades innecesarias y promesas increíbles que constituyen, por desgracia, el contenido habitual de toda liza electoral. A poco que se piense, no ha sido ese, en todo caso, el efecto vasco primordial de un acontecimiento que ocupa desde hace días las portadas de todos los periódicos del mundo. Y es que la dimensión planetaria de la muerte de quien ha dirigido durante un cuarto de siglo los destinos de la Iglesia pone en su lugar la inane pequeñez de un discurso político, el del nacionalismo, que empieza y se termina dentro de las paredes de su pueblo. Es posible, por supuesto, coincidir mucho, poco o nada con las enseñanzas que el pontificado de Karol Wojtyla ha proyectado sobre la historia de los hombres en el dificilísimo tránsito del siglo XX al siglo XXI. Pero más allá de la dimensión de esa coincidencia, serán muy pocos los que nieguen a Juan Pablo II un mérito indudable: el de haber alzado su voz por encima de fronteras territoriales, religiosas y políticas. Una voz, la del Pontífice, que ha proclamado, como pocas, la necesidad de prestar atención a los desposeídos y a los olvidados de la tierra. Es cierto que ese discurso a favor de los sin voz no ha sido siempre en Juan Pablo II coherente con las finalidades que decía perseguir. No es, así, fácil de entender que quien se proclama el Papa de los pobres haya vivido tan alejado de la parte de la Iglesia latinoamericana que ha convertido la lucha contra la exclusión en su bandera. Y es absolutamente inexplicable que quien ha criticado sin desmayo muchas de las plagas de este mundo, se haya opuesto de forma radical al uso de los anticonceptivos, cuya generalización tanto puede contribuir a combatir algunas de las más inicuas de entre ellas. Tal ha sido, al cabo, el gran conflicto con que ha vivido Juan Pablo II su papado: el de un hombre del pueblo que alzó la voz contra sus intolerables sufrimientos, pero que decidió ser al propio tiempo un gran vigilante de la ortodoxia de su Iglesia. Vistos a la luz de su legado, todos nuestros debates sobre el lugar que le corresponde a Euskadi en el planeta son, al fin y al cabo, de una completa desmesura. De hecho, lo único que ha convertido a aquel rincón del mundo en diferente es que miles de personas han tenido que vivir en él durante años con la presencia insufrible de la muerte.