El último viaje papal

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

ACABA toda una época de un Pontificado paradójico. Juan Pablo II, experto en San Juan de la Cruz, visitó en Segovia la tumba del quizás máximo poeta de la lengua española. El humilde Juan de Yepes, el compañero leal de Teresa de Ávila, la de las fundaciones descalzas, vivió también una época de crisis del Cristianismo, pero en su renovación priorizó el sentido espiritual de la vida, el lenguaje inefable de la música callada, de la soledad sonora, al de la riqueza, el poder y la gloria terrenales. Un alma se apaga ahora entre la magnificencia de los símbolos del poder que no impiden, sin embargo, tomar conciencia de la gran fragilidad humana. No sabemos qué pensaría el Papa polaco ante la ostentosa y poco apropiada tumba del frailecico que gustaba el mosto de las granadas en las escondidas cavernas de piedra. Quizás no captó su sencillo mensaje magistral. Nuestro Juan viajaba en sus vuelos místicos al infinito, al mundo donde el espacio y el tiempo se confunden y donde una mañana serena se encontraría al Salvador en su peregrinar, descalzo como él, junto al mar de Galilea. Y es que ni la espiritualidad del Cristianismo, ni de ninguna otra religión, se puede restaurar con propaganda o nuevas tecnologías, ni con más capital, sino buscando el Reino del sagrado corazón y sus valores. Su mayor tesoro no está en el Vaticano sino entre las gentes que sin entender demasiado de teologías más o menos fabricadas o banales se conmueven, lloran con el sufrimiento y el dolor humanos y tratan de ser mejores para ayudarse a sí mismos y a los demás. Personas como otra Teresa que en el bosque amazónico peruano hace ahora entrega generosa de su vida. En el umbral de la iniciación suprema el agotado Papa polaco quizás pueda recordar la oración de nuestro poeta: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?... salí tras de tí clamando y eras ido.