NO SERÁ posible negarle la condición de gigante. Ni siquiera la de santo, desde la ortodoxia católica. Ni se podrá explicar el último cuarto del siglo XX sin su influencia, fruto de su tenacidad y de su carisma. Ni se entenderá la propia Iglesia de hoy sin su voluntad férrea, indomeñable, que rozó la voluntad de martirio. Ni quienes discreparon de él le han negado nunca su profunda e insobornable coherencia. Fue un papa sin complejos, que dijo siempre lo que creía que debía decir. Lo dijo con prudencia, con habilidad, pero sin plegarse nunca a zarandajas o compromisos desvirtuadores. Durante más de veintiséis años se comportó como lo que se sentía: el párroco de una aldea global. Un párroco viajero y mediático que supo aprovechar las técnicas más modernas para impulsar su labor evangélica y extender su mensaje. Su trayectoria tiene el trazado de una línea recta. No fue maniobrero ni esquivo, y siempre se mantuvo firme, incluso en aquellas cuestiones por las que recibió más críticas (como su rechazo del preservativo). Se le tuvo por conservador o reaccionario en asuntos dogmáticos o de moralidad sexual, pero no así en lo social ni por lo que respecta a su enérgica y permanente defensa de los derechos humanos. Juan Pablo II era, sin duda, de la estirpe roqueña del primer Papa, el apóstol Pedro, aquel gran pescador Acaba de morir, y el mundo, que recorrió tantas veces como un peregrino incansable, ha percibido su fallecimiento con un clamor de difícil parangón. Basta con echar una ojeada a los medios de comunicación para hacerse una idea. La idea de un reconocimiento general. Porque no es indispensable ser católico para participar del sentimiento. Ha muerto un gigante, un «atleta de Dios» (como se le llamó), un hombre sin dobleces, un defensor de una tradición que en muchos aspectos supo y quiso innovar, un ser esforzado y solidario que creía en su obra. No se trata ahora de escudriñar en sus aciertos o errores. No se trata de medir su parte en el hundimiento del comunismo (o la que desearía tener en la reconducción del capitalismo). Ya se hará. Hoy se trata sólo de reconocer y distinguir a un gran hombre. A un gran papa. Seguro.