ES CÉLEBRE la frase con la que Marx abrió en su día el Manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo». Pues bien, parafraseando al gran filósofo de Tréveris podríamos decir que también hoy un fantasma recorre el Partido Socialista: el fantasma del pastelismo. ¿Del pastelismo? Sí señor, del pastelismo. Un fantasma que incita a muchos socialistas a un pasteleo peculiar: el consistente en no tomar posición en asuntos en los que tomar posición resulta democráticamente imprescindible. Es como si una parte de la dirigencia socialista hubiera decidido retirar de su galería de retratos a los padres del PSOE -los Iglesias, Prieto o Largo Caballero- para instalar en su lugar a aquel político español de la primera mitad del XIX, don Francisco Martínez de la Rosa, tan inclinado a contemporizar que fue conocido en su tiempo por un apodo inconfundible: doña Rosita la pastelera. ¿Qué responde Patxi López cuando se le pregunta por la que debiera ser la cuestión central de su propuesta electoral: la de si prefiere una coalición con el PNV o una coalición con el PP? Pues que sólo quiere coaligarse con los vascos. ¡Qué claridad! ¿Qué nos dice Touriño sobre cómo piensa gobernar con un BNG del que tantas cosas le separan? Pues que él aspira a gobernar en solitario. ¡Bien por Touriño! ¿Qué aclara a este periódico el ministro Sevilla sobre los proyectos de reforma territorial de su Gobierno? Pues que queda tiempo todavía para que los partidos lleguen a un acuerdo. ¡Impresionante! Son sólo tres ejemplos de una actitud que se contagia como la gripe entre los líderes del PSOE, pero podrían ponerse muchos más. De hecho, esa forma particular de pasteleo, que trata de conciliar posiciones diferentes, es la marca de fábrica del presidente del Gobierno, objeto de continuas sátiras y chanzas debido sobre todo a esa obsesión suya por templar gaitas todo el día. En realidad, tal pastelismo no es sino una excrecencia más de ese reflejo anti-Aznar que sigue recorriendo la vida política española. Por continuar con la metáfora, este país habría quedado tan harto del rancho cuartelero de grandes principios, grandes verdades y grandes afirmaciones del PP, que sus sucesores parecen haber optado por la cosa soft del pasteleo, el nuevo talante y el buenismo universal. Pero ¡ojo!, porque con el pastelismo social ocurre lo que con el personal: que los pasteles sacian, pero no alimentan; dan satisfacción, pero sólo generan grasa parda. De hecho, no se sabe de nadie que haya ganado una carrera alimentándose sólo de pasteles. Ni de nadie, ya puestos a decirlo todo de una vez, que haya conseguido resolver los problemas aparcándolos.