Chávez, ZP y el «error descomunal»

OPINIÓN

¡AY, la política exterior de Zapatero! Ni un día sin sobresalto, ni una acción sin polémica, ni un viaje sin bronca. Entre todas las iniciativas que puede desarrollar, siempre elige las que más escuecen. Tiene tal obsesión por diferenciarse de Aznar (¡cómo le tiene que haber dolido que Ibarretxe lo compare con él!), que hace lo contrario de lo que haría el anterior presidente. Siente tal urgencia por algún liderazgo internacional, que lo busca donde nunca lo buscaría Rajoy. Y respira con tal vocación de autonomía, que le importan un pimiento las reacciones de Bush, las diatribas de la derecha y los sarcasmos de la opinión publicada. Él, a lo suyo. El viaje a Venezuela es el mejor retrato de su otro talante. ¿Cuánto se ha escrito contra Chávez? ¿Cuántas cosas se han dicho de su régimen, de sus modos autoritarios y de su populismo tercermundista? Cuando visitó España, casi todos pensamos que lo mejor del viaje ha sido verle marchar. Casi todos, menos dos personas: Zapatero y su ministro de Exteriores. Ambos oyeron las críticas como quien oye llover, y ahora devuelven honores y visita. «Error descomunal», dijo Rajoy, que ya no encuentra adjetivos en el diccionario para descalificar al presidente. Hay bastante razón en los comentarios negativos. Pero el realismo político dice también que, si Venezuela ofrece un mercado para colocar doce aviones, ocho patrulleras, buques asfaltadores y se le arrancan contratos de mantenimiento de petroleros, España no hace mal negocio. Dice que si en este viaje se sella la paz entre Venezuela y Colombia, no hay por qué regatearle méritos. Y añade que Chávez es poco deseable, pero ha salido de las urnas. Se le debe exigir más respeto a las libertades, pero no se puede discutir su legitimidad. En la misma línea, hay que decirle a Estados Unidos que ya está bien; que no es quien para condicionar la política exterior de España; que no puede dar lecciones de legitimación a personajes autoritarios, porque Washington no sólo alienta a muchos en el mundo, sino que los fabrica, y sólo le molestan cuando no aplauden a Bush; que, por mucho que nos quiera convencer, doce aviones militares y ocho fragatas no «desestabilizan la región», como dice Washington; y que Estados Unidos, que arma a dictaduras en medio mundo, tampoco es quien para decirnos a qué países podemos vender armamento, salvo que nos traten como a una colonia. Esos son las dos caras del viaje de Zapatero. Sólo un aspecto resulta inquietante ante el futuro: que el Gobierno español se sienta obligado a relaciones cordiales con este tipo de líderes porque no tiene más remedio; porque se le han cerrado otras puertas. Pero ese diagnóstico fatalista todavía no se puede hacer.