Morir en EE.UU.

OPINIÓN

EL PRESIDENTE George Bush madrugó el lunes para firmar una ley a la desesperada, contra el tiempo, que permitiera a los padres de Terri Schiavo seguir litigando para conectar a su hija, en estado vegetativo, a las máquinas que la alimentan y la mantienen con vida. Fue un gesto ideológico, que arropa la batalla legal que ha alimentado su hermano Jeff, gobernador de Florida, dispuesto a lo que sea para impedir la muerte de Terri. Tanto Jeff como George, los Bush, están acostumbrados a estas firmas desesperadas, contundentes; firmas que separan la vida de la muerte. Una rúbrica y alguien vive. Otra más y alguien muere. Eso es poder. Jeff y George han firmado no pocas autorizaciones para ejecutar a presos. Presos completamente sanos, capaces de alimentarse por sí mismos, con años de vida por delante, mayoritariamente de raza negra, que han quedado sedados para siempre por obra y gracia del mismo Gobierno que el lunes se afanaba en prolongar unos días más la agonía de Terri Schiavo. Jeff, aquel que vitoreaba a la república de España cuando Aznar todavía ponía los pies sobre la mesa de su hermano, lo intentó hasta el final forzando a su Gobierno hasta niveles sencillamente obscenos. Lo único positivo de todo este lamentable episodio genuinamente americano es que, mientras Jeff y George trabajaban contrarreloj para mantener a Terri con vida a cualquier precio, tal vez no dispusieron de tiempo para firmar más sentencias de muerte.