Quemando bajo la lluvia

OPINIÓN

LA LLUVIA que se espera esta Semana Santa puede evitar que la Xunta abandone Ribas de Sil en medio del primer desastre ecológico. Ayer y el sábado ardían los montes como al final de la agostada, y, aunque es cierto que tuvimos un invierno seco, también es verdad que la foresta no acumula el potencial de riesgo que afrontó el Tripartito en el verano de 1989, que Fraga utilizó, sin rubor alguno, como reclamo para un voto eficaz. Dieciséis años después, con mucho tiempo para aprender y muchos medios para utilizar, después de gastar ingentes cantidades en propaganda y de montar una estructura apagafuegos tiznada de clientelismo, el balance que presenta Fraga al final de su cuarto mandato es desolador. La temporada de incendios se adelanta más cada año, con una sospechosa puntualidad (siempre antes de Semana Santa) que evoca el fantasma de la economía del fuego. La superficie quemada sigue siendo tan importante como antes, con daños ecológicos quizá mayores que nunca. Y, en el único punto en que se han mejorado los resultados, que es en el monte maderable, todo indica que el éxito se debe en gran parte a los modos de prevención desplegados por los propietarios. Nadie duda de que una parte importante de estos incendios tiene origen intencionado. Pero, lejos de aliviar el fracaso de las políticas forestales, esta quema sistemática lo agrava, ya que el control de los elementos racionales, por malvados que sean, debiera ser más fácil de abordar que los desastres provocados por los truenos de Júpiter y los calores de Febo. Para mí resulta un misterio que sigan produciéndose unos incendios programados que ya no pueden conectarse a ninguna operación económica de envergadura. Nadie quema ya para vender madera carbonizada, o para urbanizar entre chamizos lo que se puede urbanizar a la sombra de los pinos. La geografía del fuego se ha retirado de las zonas costeras, donde había madera y solares, hacia los montes del interior, donde hay desiertos demográficos y sobran casas que restaurar y hectáreas para pastar. Por eso creo que, aparte de los descuidos de campesinos y domingueros, la plaga de incendios que se presagia este año sólo puede tener dos razones: el terrorismo forestal, que ofrece una explicación muy limitada, y la intencionalidad de unos incendios, perfectamente distribuidos, que nacen para ser apagados con numerosos helicópteros y con cuadrillas alistadas a pie de obra. Precedido de un tono triunfalista, que propició el nacimiento de un sistema contraincendios insostenible, lo malo del balance de Fraga no está en que sea malo, sino en ser, exactamente, el mismo de toda la historia.