PARECE INDUDABLE que Galicia ha experimentado un importante desarrollo turístico en los últimos años. El éxito del Camino de Santiago como uno de los productos turísticos más singulares de Europa y la operación de márketing del Xacobeo están ahí para atestiguarlo. Claro que no todo el provenir turístico de Galicia puede estar centrado en un evento que sigue un ritmo independiente del mercado, porque en definitiva se trata de un fenómeno religioso cuya secuencia temporal no puede ser reprogramada. Por eso en su fortaleza está su debilidad. También es indudable que Galicia lidera hoy la oferta de turismo termal y que es un importante destino del turismo de congresos. Pero en datos reales, sigue siendo el turismo vacacional, el veraneo, el punto fuerte del turismo gallego, unido al touring, es decir las personas que recorren Galicia en su automóvil para ver sus paisajes, conocer sus ciudades y degustar su gastronomía. Entre los dos suman la mayoría de nuestros visitantes. Asimismo es verdad que en el mercado turístico internacional seguimos siendo un destino apenas conocido. Nuestras señas de identidad son el Camino de Santiago, el Dépor y Zara, según la imagen que los corresponsales de prensa extranjera tienen. Por el contrario, en el mercado interior siguen siendo los paisajes y la comida, con el marisco de enseña, los principales atractivos. Pero otros productos turísticos tienen más dificultades para consolidarse, como ocurre con el turismo rural, demasiado centrado en la ocupación de fin de semana y con clientes mayoritarios de origen gallego, lo cual al tratarse de una moda no asegura su futuro. Claro que cumple otras funciones sociales, como el mantenimiento de la arquitectura rural y la aportación de ingresos complementarios a las economías familiares; con todo, si las inversiones no alcanzan la rentabilidad deseada terminan cerrándose. Y dado que su nivel de ocupación es muy inferior al de otras comunidades de la España verde, como Cantabria, si las cosas no cambian, nuestro turismo rural pasará a ser una buena ocasión para la inversión inmobiliaria a bajo coste. Podría añadir muchas más cosas, pero no es necesario porque lo que me interesa señalar es como toda esta promoción turística se basa de una manera muy importante en la subvención, y la subvención, ya lo sabemos, no garantiza el desarrollo duradero, aunque asegure la proliferación de listillos que se enriquecen con su habilidad y picaresca, cuando no entran en los circuitos indirectos de la corrupción política. Todo se subvenciona, y cada día más. Se subvencionan generosamente los vuelos de bajo coste, se financian con dinero público grandes congresos en Santiago para evitar el déficit a inversiones hoteleras también subvencionadas; se subvencionan las agencias que hagan propaganda turística en el exterior, se subvenciona el minifundismo turístico municipal, se subvenciona un sin número de espectáculos de cuya rentabilidad social, cultural y turística habría mucho que discutir. Y todo ello justificado por cifras de turistas infladas, con un constante desacuerdo entre los datos que dan los organismos nacionales o estatales y los autonómicos. Es más, Santiago, nuestro principal destino turístico, es un ciudad casi enteramente subvencionada o al menos financiada por el dinero publico, es decir por el dinero que todos pagamos con nuestros impuestos, incluyendo los costes y los futuros gastos generados por el nuevo monumento de la Ciudad de la Cultura, tal vez la actuación menos aceptada social y políticamente de cuantas se han emprendido en Galicia. En fin todo está demasiado subvencionado, pero el coste de esa subvención es una carga añadida, cuyos efectos futuros deberían ser previstos. Así no me extraña que se organice tan gran revuelo ante la posible pérdida de los fondos europeos, por cuanto significará un golpe al modelo subvencionador. Estoy seguro que los listillos también estarán preocupados.