Camino del todo vale

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

16 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

A PESAR de su apariencia revolucionaria, las declaraciones efectuadas por el presidente del Gobierno a Euskal Telebista sólo han servido para incrementar la confusión que se está generando sobre las reformas de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía. El ritualismo constitucional que sirvió para cercar el Plan Ibarretxe, es ahora un patio de Monipodio, donde todo es asumible con la sola condición de que lo digan los amigos de Zapatero. Y el riguroso Estado de derecho que sirvió para aprobar y aplicar la Ley de Partidos, se evidencia cada vez más como una licencia para legalizar o ilegalizar -en plan 007, con toga y puñetas- al dictado del Gobierno. Si lo que quiso decir Rodríguez Zapatero es que, en el supuesto de darse las condiciones legales y políticas exigidas, está dispuesto a convocar el preceptivo referéndum que da virtualidad a cualquier reforma estatutaria, es lo mismo que no haber dicho nada. Porque, si tal supuesto se da, basta con aplicar las leyes. Y, si quiso decir que está dispuesto a tolerar un referéndum sobre el Plan Patxi López, pero que jamás se hará un referéndum sobre el Plan Ibarretxe, estaría mejor callado. Porque estaría aplicando la ley del embudo a un problema muy serio. Con mi experiencia política, y con mi flexible talante, me sobran datos para saber lo que quiso decir Zapatero en sus confusas declaraciones. Y, dada la posición que mantuve sobre el Plan Ibarretxe y la Ley de Partidos, casi puedo decir que estoy de acuerdo con la nueva línea que el PSE-PSOE quiere abrir en Euskadi y con el giro personal que impulsa el presidente. Pero Rodríguez Zapatero compartió con el PP las rígidas posiciones de un Plan Antiterrorista cuya esencia consistía en dividir al País Vasco en dos frentes, nacionalista uno y constitucional el otro. Y, en aras de una interpretación muy peculiar de la violencia de ETA y del entorno abertzale, ayudó a bloquear todos los caminos que no pasaban por el acatamiento del Estado unitario y por la interpretación aznarista de la Constitución. En ese marco, que llenó de tensiones la política vasca, y que sirvió de argumento para un acoso indiscriminado al nacionalismo, hay que considerar un error muy grave el abandono unilateral y abrupto de una línea de actuación política que sirvió para aglutinar a toda la sociedad española en la lucha contra el terrorismo y contra lo que se consideraba un intento de centrifugación del Estado. La rectificación política es una virtud y un derecho. Pero confundir la rectificación con el cambalache, no puede llevar a ninguna parte. Salvo que se le quiera dar a Ibarretxe toda la razón moral, y a Mariano Rajoy toda la ventaja estratégica.