EXISTEN AL MENOS dos formas célebres de la censura: una consiste en que el gobierno silencie a los medios de comunicación y otra, mucho más sutil pero no necesariamente menos eficaz, consiste en que el gobierno se silencie a sí mismo. Y de esto es de lo que se están quejando estos días los medios de comunicación de Estados Unidos: de la manipulación de la información por defecto, de lo que llaman el secretismo de Bush y su administración. Más de cincuenta medios y asociaciones profesionales celebran esta semana una semana de la luz consistente en explicar a sus lectores, espectadores y oyentes lo poco que saben y por qué. Es, en otras palabras, una campaña de información sobre la desinformación. Es cierto que desde el 11-S se han deteriorado muchos derechos en Estados Unidos (y no sólo), entre ellos el de informar, o mejor dicho el de conocer. Informaciones que antes se lograban fácilmente son hoy inaccesibles para los medios con la excusa del peligro terrorista. Como si el terrorismo no fuese en gran parte eso: una violencia sin información, un miedo basado en lo incomprensible. Como sabemos, se ha llegado incluso a infiltrar a periodistas de pega que, como escolares enchufados del profesor, agotaban las ruedas de prensa de la Casa Blanca con preguntas fáciles y apologéticas. Sí, cada vez es más difícil para esos grandes medios y agencias el conseguir información acerca de algunos asuntos sensibles. Lo que no sé es si esto es realmente malo. Porque igual que empezábamos diciendo que hay dos formas de censura, una consiste en que el gobierno silencie y la otra en que el gobierno se silencie a sí mismo, cabría añadir una tercera, y es que el gobierno informe demasiado, como hace a veces, inundando los faxes con comunicados, estadísticas trucadas, declaraciones parciales. Y no sólo el gobierno: los partidos, las asociaciones, las fundaciones. A veces, por pereza o por prisa, los periodistas caemos en la trampa y confiamos, y el resultado es que nos convertimos en altavoces de aquéllos a quienes tendríamos que vigilar. La información es como las patatas, existe en estado silvestre en algún sitio (las patatas, parece ser que en algunas zonas de Perú), todo consiste en tener el impulso de ir a buscarla, y el secretismo al menos tiene esto de bueno: que no hay secreto que no inspire el deseo de conocer.