HA IMPRESIONADO mucho aquí, en Brasil, nuestro modo de recordar el 11-M, por contraste, dicen, con el ceremonial abigarrado que suelen utilizar los norteamericanos en los aniversarios del 11-S. Les ha sobrecogido el silencio, la ausencia de discursos y la emoción de las flores arrojadas sobre la vía. Así me lo cuentan, porque no he podido ver la televisión. La verdad es que el silencio funciona como la mejor respuesta al horror y a lo incomprensible. Nada desconsuela tanto como no entender. Y nos cuesta hacernos cargo de que alguien sea capaz de matar a cientos de inocentes, no en un arrebato de locura o como consecuencia de un error, sino como resultado de un plan diseñado fríamente, con cálculo asesino. Simplemente, no nos cabe en la cabeza. De ahí el silencio, quizá, mucho más expresivo que millones de palabras. Mucho más eficaz también, porque permite rezar y pensar y llorar por tantos sueños perdidos, sin mirar para otra parte, sin engañarnos. Porque la historia, acaso empeorada, se repitió poco después en una escuela de Chechenia, y porque casi todas las semanas un adolescente palestino envuelto en dinamita estallaba en medio de un autobús israelí. Para nada. psanchez@udc.es